—Mentiste para entrar al quirófano.
—Sí.
—¿Y si algo salía mal?
—Dejé instrucciones a Lucía. No quería que tú supieras antes de tiempo porque habrías cancelado todo.
—Tenías derecho a escoger por ti, pero no a escoger por mí.
Ana asintió.
—En eso tienes razón.
—Debiste avisar.
—Lo sé.
—¿Rechazaste tratamiento por la cirugía?
—El oncólogo dijo que quizá me daría algunos meses más, no una cura. Si empezaba, la donación se cancelaba.
Víctor se dejó caer en la silla.
Durante once meses, Ana lo había acompañado tres veces por semana a hemodiálisis. Había aprendido a cocinarle sin exceso de sal, a registrar su presión y a ayudarlo en los días en que ni siquiera podía abotonarse una camisa.
Él había confundido esa constancia con obligación.
—¿Por qué no me dejaste decidir?
—Porque habrías dicho que no.
—¡Claro que habría dicho que no!
—Exacto.
—Entonces me quitaste la posibilidad de salvarte.
Ana sonrió apenas.
—No había una manera de salvarme, Víctor.
Él se cubrió la cara.
—Estoy vivo con una parte de ti y tú estás aquí.
—Mi enfermedad no la causaste tú.
—Pero pudiste ganar tiempo.
—Pude intentarlo. Yo decidí qué hacer con el tiempo que tenía.
Víctor levantó la cabeza.
—¿Y también decidiste quemar la casa?
—Sí.
La respuesta lo dejó inmóvil.
—Era la casa donde vivimos 22 años.
—Era una casa a mi nombre.
—Era nuestra vida.
—Nuestra vida se acabó cuando te escuché decir que yo era un mueble.
Víctor sintió que el cuerpo se le enfriaba.
—¿Escuchaste la llamada?
—Toda. La dirección, el jardín, el garage, la promesa de regalársela a Maritza.
—Yo estaba sedado, adolorido…
—Estabas lo bastante despierto para decir que yo vivía para cuidarte porque no sabía hacer otra cosa.
Víctor no encontró una defensa.
Ana continuó:
—Yo fui maestra 34 años. Ayudé a cientos de niños a aprender a leer. Cuidé a mis padres, sostuve una casa, hice trámites, pagué cuentas, cuidé de ti enfermo y sano. Y tú redujiste toda mi vida a ser la mujer que te alcanzaba un vaso de agua.
—Perdóname.
—Eso llegó tarde.
—¿Por eso destruiste todo?
Ana miró las bugambilias.
—No quería que ella durmiera en mi cama, usara la vajilla de mi madre y creyera que mi muerte era el último favor que les hacía. Tomé una decisión peligrosa y no estoy orgullosa de eso. Pero no iba a dejar que mi casa se convirtiera en el premio de nadie.
—Pudiste lastimar a alguien.
—Lo sé. Por eso me aseguré de que estuviera vacía. Aun así, fue una decisión terrible.
—¿Y el seguro?
—La aseguradora pagó según el peritaje.
—¿Qué hiciste con el dinero?
—La mayor parte fue al albergue.
—¿Por qué ahí?
—Porque durante años llevé libros y útiles. Hay muchachos que cumplen 18 y salen sin familia, sin dinero para transporte, sin computadora, sin nadie que les rente un cuarto.
—Eran millones, Ana.
—Y decidí para qué servirían.
Víctor se pasó una mano por el cabello.
—¿Me dejaste algo?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Ana lo miró.
No hubo enojo en sus ojos. Eso fue peor.