—Sí —dijo—. Te dejé un riñón.
Víctor cerró los ojos.
—Dios mío.
—Y el coche está en el garage. Está a tu nombre. También tienes tus cuentas y tu empresa.
—Maritza se fue.
—Lo imaginé.
—Dijo que no era enfermera.
Ana soltó una risa pequeña y agotada.
—Al menos fue clara.
—No te burles.
—No me burlo. Me sorprende que te dijera la verdad antes que tú a mí.
Víctor bajó la mirada.
—Yo iba a dejarte.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Movimientos bancarios, reservaciones, un anticipo a un notario. Nunca aprendiste a esconder bien el dinero.
—¿Desde cuándo sabías de ella?
—Desde junio.
Él levantó la cabeza.
—¿Y seguiste conmigo?
—Estabas en diálisis.
—Eso no tiene sentido.
—Para ti, tal vez no.
—¿Planeabas vengarte?
—No. Planeaba irme después de tu trasplante. Había visto un departamento pequeño en Coyoacán. Quería pasar lo que me quedara cerca de Lucía, desayunar afuera, volver al Museo de Antropología, sentarme en Chapultepec sin mirar el reloj.
—¿Y por qué cambiaste?
—Porque escucharte hablar de mí como un objeto cambió algo.
—¿El incendio te hizo sentir mejor?
Ana tardó en responder.
—Durante unas horas. Después no.
—¿Te arrepientes?
—Me arrepiento de haber dejado que el dolor decidiera por mí. No me arrepiento de haber evitado que mi casa fuera una promesa para tu amante.
Víctor apoyó los codos sobre las rodillas.
—No sé quién eres.
—Ese es el problema. Nunca quisiste saberlo.
Él empezó a llorar. No fue elegante ni silencioso. Se dobló hacia adelante, respirando mal.
—Ana, perdóname por Maritza, por la casa, por hablar así. Por todos los años en que pensé que, porque estabas ahí, ibas a estar siempre.
Ana extendió una mano.
Víctor la tomó.
—Te perdono —dijo ella.
—No lo merezco.
—Perdonar no siempre significa que alguien lo merezca. A veces significa que quien se va ya no quiere cargar con eso.
—Quiero arreglarlo.
Ana lo miró con ternura.
—No hay tiempo para arreglar un matrimonio de 22 años en una tarde.
—Entonces dime qué puedo hacer.
—Toma tus medicamentos a tiempo.
Víctor soltó una risa rota.
—Ana…
—Te hablo en serio. Ocho de la mañana. Ocho de la noche. No 8:10. Tu vida ahora depende de pequeñas cosas que parecen aburridas.
—Como tú, según yo.
—Como yo, según tú.
Víctor miró la mano de Ana, la misma que había corregido cuadernos, preparado comida, llenado formularios y firmado una donación de órgano.
—¿Dónde está tu anillo?