—Te lo dejé.
Él sacó del bolsillo el anillo que había recogido del reloj al salir del hospital y lo puso sobre la sábana.
—Guárdalo —dijo Ana.
—¿Para qué?
—Para que recuerdes que una cosa puede parecer pequeña y aun así pesar muchísimo.
La doctora Herrera entró a revisar el oxígeno. Ana parecía más cansada, pero pidió cinco minutos más.
Cuando quedaron solos, Víctor se acercó.
—¿Tienes miedo?
Ana miró el techo.
—Sí.
Era la primera vez que él la escuchaba admitirlo.
—¿Qué haces cuando te da miedo?
—Pienso en mis alumnos. En los que llegaban sin saber leer y un día descubrían que podían. Ese momento siempre parecía un milagro.
—¿Y en mí?
Ana giró la cabeza.
—También.
—Después de todo.
—Después de todo.
Víctor apoyó la frente junto a su mano.
—No sé cómo vivir con esto.
—Aprende.
—No sé si puedo.
—Sí puedes. Sólo que ahora nadie va a hacerlo por ti.
A las 15:48, Ana comenzó a respirar más despacio.
—¿Ana?
Ella abrió los ojos.
—Ocho en punto —susurró.
—Sí.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Ana levantó la mano, tocó apenas su mejilla y cerró los ojos.
La doctora entró a las 15:52.
Víctor entendió antes de que nadie se lo explicara.
Se quedó sentado con la mano de Ana entre las suyas hasta que la habitación quedó en silencio.
El funeral fue una semana después.
Fueron Lucía, Teresa, antiguas maestras y la directora del albergue de Iztapalapa. También llegaron cuatro jóvenes que Víctor no conocía.
Uno llevaba una mochila nueva y un libro de matemáticas.
—La señora Ana pagó mi inscripción a la prepa —le dijo.
Otra muchacha explicó que parte del dinero había creado un fondo para renta, transporte y estudios de jóvenes que salían del albergue al cumplir 18.
Víctor escuchó sin saber qué responder.
Después del funeral, Lucía le entregó un sobre pequeño. Dentro no había una carta de amor ni una explicación sobre el incendio. Sólo una hoja con tres cosas escritas con la letra ordenada de Ana: el teléfono del hospital de trasplantes, el nombre de su nefrólogo y una frase subrayada dos veces: “No faltes a tus controles por orgullo”.
Víctor se quedó mirando la hoja durante varios minutos. Incluso al final, ella había organizado su supervivencia.
Esa noche programó dos alarmas diarias y guardó el papel junto al pastillero.
Meses después, vendió el coche que había quedado en el garage y usó ese dinero para cubrir medicamentos y deudas. Su empresa continuó, pero ya no como antes. Trabajaba pocas horas y aprendió a pedir ayuda sin convertir a quien lo ayudaba en parte del mobiliario.
Cada domingo acomodaba sus cápsulas en un pastillero con compartimentos para mañana y noche.
A las 7:58 sonaba una alarma.