PARTE 1
—Te juro que en cuanto salga de aquí, esa casa va a ser tuya. Ana no cuenta; después de veintidós años sigue siendo como un mueble: donde la dejas, ahí se queda.
Ana Morales escuchó la frase detrás del biombo verde de la habitación privada del hospital en la Ciudad de México y sintió que algo dentro de ella se rompía con más fuerza que la herida recién cerrada en su costado.
Tres días antes había entrado al quirófano para donar un riñón a su esposo, Víctor Salgado, un empresario de 60 años que llevaba casi un año entrando y saliendo de hemodiálisis. Ella tenía 58, había sido maestra de primaria durante más de tres décadas y, desde que los médicos dijeron que eran compatibles, no dudó.
Víctor sí había dudado, pero no por ella.
—Rita, entiéndeme —continuó él por teléfono, creyendo que Ana dormía—. La casa de Lomas Verdes está a nombre de Ana, pero yo arreglo eso. Mi notario hace la donación y listo. Tres niveles, jardín, garage para dos coches. Es lo mínimo que te mereces después de aguantarme estos dos años.
Ana miró su mano izquierda. El anillo de matrimonio, flojo por la pérdida de peso, salió sin esfuerzo. Lo dejó sobre la mesa de medicamentos.
Del otro lado del biombo, Víctor soltó una risa que terminó en una queja por el dolor.
—¿Culpable? ¿De qué? Ella me dio el riñón porque vive para eso, para cuidarme. No sabe hacer otra cosa.
Ana no lloró.
A las 10:00 llegó la enfermera Valeria a tomarle la presión. Ana pidió su ropa, una pluma y una hoja. Después llamó al cirujano, el doctor Salcedo.
—Quiero firmar mi alta voluntaria.
El médico pensó que era una reacción al dolor. Intentó convencerla durante veinte minutos. Le explicó que apenas habían pasado tres días de la nefrectomía, que debía vigilar creatinina, presión, herida y fiebre.
Ana escuchó todo sin discutir.
—¿El riñón de Víctor funciona?
—Desde la primera hora.
—Entonces ya hice lo que tenía que hacer.
Antes de salir, caminó hasta la cama de su esposo. Él dormía con el celular sobre el pecho. Ana tomó el anillo y lo colocó encima del reloj de Víctor.
No dejó nota.
Esa tarde volvió sola a la casa de Lomas Verdes, en Naucalpan. Metió en una maleta fotografías de sus padres, documentos personales, una caja de cartas y un sobre de una clínica privada que guardaba desde diciembre.
No tocó la ropa de Víctor.
Tampoco los muebles.
A las 20:30, Ana cerró la puerta por última vez y cruzó la avenida hasta la parada del autobús. Desde ahí miró las ventanas de la casa donde había vivido 22 años.
A las 21:17, un resplandor anaranjado apareció detrás de las cortinas.
Los vecinos comenzaron a gritar.
Ana no se movió.
Cuando llegaron las primeras sirenas, subió al autobús con una mano sobre la cicatriz.
A la mañana siguiente regresó únicamente para tomar fotografías de lo que quedaba.
Y cuando su vecina Teresa le preguntó, horrorizada, si había perdido todo, Ana respondió con una calma que la dejó helada:
—No, señora Teresa. Perdí todo hace tres días, en el hospital.
PARTE 2
Víctor salió del hospital diecinueve días después con una bolsa llena de inmunosupresores, una lista de estudios y la certeza de que Ana volvería.
—Siempre vuelve —le dijo a Maritza, la mujer con la que llevaba dos años viéndose a escondidas.
Ella lo esperaba en un taxi, arreglada como si fueran a celebrar.
—Primero vamos a la casa —ordenó Víctor.
A dos calles de llegar, olieron madera mojada y humo viejo.
Víctor pidió al chofer que se detuviera.
De su casa quedaban muros negros, parte de la escalera y el garage. El jardín estaba cubierto de ceniza húmeda. Maritza abrió la boca.
—Me dijiste que eran tres pisos.
—Eran.
—¿Y el seguro?
Víctor tardó en contestar.
—La póliza está a nombre de Ana.
Maritza lo miró de arriba abajo: el abrigo mal abotonado, la mano temblorosa, la bolsa de medicamentos.
—¿Cuánto cuestan esas medicinas?
—Entre consultas, estudios y lo que no cubre el sistema… bastante. Y tengo que tomarlas de por vida.
Ella retrocedió un paso.
—Víctor, yo no soy enfermera.
—Nunca te pedí que lo fueras.
—No, pero me prometiste una vida. Una casa. Viajes. Dijiste que Ana iba a firmar.
—Va a firmar.
Maritza miró los escombros.
—¿Firmar qué?
Pidió otro taxi y se fue sin despedirse.
Durante los siguientes días, Víctor buscó a Ana en casa de su hermana, con antiguos compañeros de la escuela y hasta en la parroquia donde ella ayudaba a organizar colectas. Nadie le dio una respuesta.
En la aseguradora recibió el segundo golpe.
La casa estaba asegurada por 4.1 millones de pesos y la indemnización ya había sido depositada a la propietaria.
Ana.
—Soy su esposo —protestó.
—Pero usted no aparece como beneficiario de la póliza —respondió la ejecutiva.
—¿Dónde está ese dinero?
—Eso sólo puede informárselo la titular.
Desesperado, Víctor fue con Lucía, la hermana mayor de Ana.
Ella lo recibió en el pasillo del edificio, sin invitarlo a pasar.
—¿Dónde está?
Lucía lo observó durante varios segundos.
—¿De verdad no sabes?
—Llevo semanas buscándola.
—Ana canceló su número. Donó el teléfono junto con otras cosas.
—¿Donó a quién?
—A un albergue para adolescentes en Iztapalapa.
Víctor sintió un vacío en el estómago.
—¿Y el dinero del seguro?
Lucía apretó los labios.
—También.
—¿Todo?