Le salvé la vida a mi esposo con uno de mis riñones y, apenas tres días después, lo escuché decirle a otra mujer: “En cuanto me recupere, te regalaré la casa”. Teníamos 22 años de matrimonio y él creyó que yo seguiría obedeciendo como siempre. Yo sólo me quité el anillo y guardé un sobre médico. Cuando salió del hospital, comenzaron sus verdaderos problemas.

—Casi todo. La directora lloró cuando Ana firmó los papeles.

Víctor se apoyó en la pared.

—¿Dónde está ella?

Lucía bajó la voz.

—En un hospicio de cuidados paliativos, en Tlalpan.

—¿Qué estás diciendo?

—Que tu esposa no se fue para castigarte. Se fue porque se está muriendo.

En el hospicio, la doctora Herrera le entregó un expediente.

Diagnóstico: cáncer avanzado de vías biliares.

Fecha del primer estudio concluyente: 9 de diciembre.

Víctor levantó la vista, pálido.

—Pero la operación fue hace tres semanas.

—Ana sabía desde once semanas antes que tenía una enfermedad grave.

—Eso es imposible. La revisaron para ser donadora.

La médica cerró la carpeta.

—Y ocultó deliberadamente la información nueva que apareció después de su última valoración completa. Rechazó tratamiento porque podía retrasar o cancelar la donación.

Víctor dejó caer la bolsa de medicamentos.

—¿Por qué haría algo así?

La doctora señaló la puerta del pasillo.

—Eso tendrá que preguntárselo usted. Hoy todavía puede responderle.

Víctor caminó hacia la habitación 214 sin saber que la respuesta iba a destruir para siempre la versión de su matrimonio con la que había vivido durante 22 años.

PARTE 3

Ana estaba despierta.

La habitación tenía una sola ventana, una silla de vinil, tres ramas de bugambilia en un vaso y un reloj que marcaba las 15:31. Un concentrador de oxígeno respiraba con una cadencia lenta.

Víctor se quedó en la puerta.

La mujer en la cama parecía más pequeña que la esposa que recordaba. Tenía la piel amarillenta, el rostro delgado y el cabello recogido en una trenza corta. Cuando lo vio, no mostró sorpresa.

—Traes mal abotonado el abrigo —dijo.

Víctor miró hacia abajo.

—Ana…

—Siéntate. Te vas a marear.

Él no obedeció.

—¿Desde cuándo lo sabías?

—Desde el 9 de diciembre.

—¿Y no me dijiste?

—No.

—¿Por qué?

Ana cerró los ojos unos segundos, esperando que pasara una punzada.

—¿Tomaste tus medicamentos a las 8?

—A las 8:10.

—Eso no es a las 8.

—¡Ana, por favor! Te estabas muriendo y te metiste a un quirófano para darme un riñón.

—Sí.

—Pudiste morir.

—También tú.

Víctor bajó la voz.

—Los médicos te habían aprobado como donadora. ¿Cómo ocultaste esto?

—Mi valoración final había terminado. Después empecé con dolor y cansancio y fui sola a una clínica privada. Cuando llegó el diagnóstico, ya teníamos fecha para tu trasplante.

Ana respiró con esfuerzo antes de seguir.

—No falsifiqué los estudios del trasplante. Cuando me aprobaron, esos estudios todavía no mostraban nada concluyente. El diagnóstico llegó después, en otra clínica. Yo debía reportarlo y no lo hice. Eso fue lo que oculté.

—¿Y nadie lo notó?

—Mis análisis previos seguían dentro de rangos aceptables y yo no dije que estaba teniendo síntomas. El día que firmé el consentimiento, me preguntaron otra vez si había cambios. Contesté que no.

Víctor sintió náuseas.