Víctor servía un vaso de agua y tomaba la dosis exactamente a las 8:00.
En el compartimento del mediodía guardaba el anillo de Ana.
A veces lo tocaba antes de cerrar la tapa.
No porque creyera que eso pudiera traerla de regreso, sino porque finalmente había entendido algo que durante 22 años se negó a ver:
Ana nunca había sido un mueble.
Era la persona que había sostenido la casa, la rutina, la enfermedad y hasta la posibilidad de que él siguiera vivo.
Y sólo cuando todo aquello desapareció, Víctor comprendió el verdadero precio de confundir amor con servidumbre.
Desde entonces, cuando alguien le preguntaba por qué cuidaba con tanta precisión su horario, él respondía:
—Porque la vida que tengo no empezó el día de mi trasplante. Empezó el día en que entendí demasiado tarde lo que alguien fue capaz de darme.
Y cada mañana, a las 8 en punto, bebía el vaso hasta el fondo.
Dentro de su cuerpo, el riñón de Ana seguía trabajando en silencio.
Sin reclamar.
Sin pedir nada.
Como ella había hecho durante demasiados años.