La orden del juez dejó a todos dentro de la sala: antes de que alguien se marchara, quería saber cómo aquel acta había permanecido fuera de la historia de Mariana durante tantos años.
Mariana no entendió de inmediato por qué el hombre frente a ella había dejado de mirar el expediente como juez y empezaba a mirarla como si acabara de reconocer algo perdido.
Renata, sentada junto a su madre, apretó los labios y observó primero al juez, luego el documento, después otra vez a Mariana.

—Mamá, ¿qué quiso decir con que eres su hija?
Mariana tardó en responder.
—No lo sé, mi amor.
Era verdad.
Durante treinta y dos años, Mariana había crecido con una versión sencilla de su nacimiento: su madre la había criado sola, su padre se había ido antes de que ella pudiera recordarlo y no había mucho más que preguntar.
Cada vez que Mariana intentaba saber algo, su madre contestaba con frases cortas.
«No estuvo.»
«No pudo quedarse.»
«Tú y yo salimos adelante.»
Mariana había aprendido a no insistir porque conocía demasiado bien el precio de hacer preguntas en una casa donde cada peso alcanzaba apenas para lo necesario.
Pero ahora aquel hombre tenía su acta entre las manos y estaba pálido.
El juez volvió a leer el nombre de la madre de Mariana.
—¿Su mamá se llama Teresa Leyva?
—Sí.
—¿Teresa Elena Leyva?
Mariana sintió que algo le bajaba por el pecho.
—Sí.
El juez cerró los ojos apenas un instante.
No hizo ningún discurso.
Tampoco intentó acercarse.
Dejó el acta sobre el escritorio con cuidado y pidió que se suspendiera cualquier decisión relacionada con el expediente mientras se aclaraba el conflicto personal que acababa de surgir.
—No puedo intervenir en un asunto suyo después de ver esto —dijo—. Sería incorrecto.
Mariana agradeció que, al menos en eso, se comportara primero como el hombre responsable de una decisión y no como alguien intentando apropiarse de una hija recién descubierta.
Diego estaba de pie al otro lado de la sala.
Había llegado convencido de que ese día volvería a reducir todo a una discusión de divorcio, dinero y versiones contradictorias sobre la caída.
Ahora parecía no saber dónde poner las manos.
Paulina tampoco decía nada.