Cinco minutos después de firmar los papeles del divorcio, Julianne subió a un avión con sus dos hijos, mientras Marcus celebraba el embarazo de su amante en una clínica privada, como si acabara de enterrar viva a su antigua familia.
La punta del bolígrafo tocó el papel a las 10:03 a.m., en una fría oficina de Polanco, con enormes ventanales y una mesa de cristal, donde todo parecía demasiado limpio para una despedida tan sórdida. Julianne no lloró. No tembló. No pidió una explicación definitiva.
Pasó muchos años tragando humillaciones, excusando gritos, ocultando las heridas de su alma tras sonrisas cansadas, solo para desplomarse justo cuando la puerta finalmente se abría.
Marcus Henderson firmó con una amplia sonrisa, casi infantil, como si acabara de ganar un premio. Vestía una camisa blanca, un reloj caro y presumía de la arrogancia de un hombre que confunde crueldad con poder. Apenas había terminado de escribir su nombre cuando cogió el móvil y llamó a Penélope delante de todos.
“Ya está”, dijo, mirando a Julianne como si esperara verla desmoronarse. “Me voy. Hoy es el gran día. Tranquila, Penélope. Nuestro hijo será el futuro de esta familia. Todos lo conocerán incluso antes de que nazca.”
Roxanne, la hermana de Marcus, soltó una risa seca desde un rincón. Había venido a ver la firma como si estuviera presenciando una ejecución.
“Por fin”, dijo, cruzándose de brazos. “Marcus merece una mujer de verdad, una que dé un hijo a los Henderson. No una ama de casa fracasada con dos hijos que la atormentan.”
Los dos hijos de Juliana estaban en la habitación contigua, bajo el cuidado de una asistente. Sofía, de ocho años, estaba dibujando una casa con ventanas azules. Mateo, de cinco años, abrazó a un dinosaurio de peluche y le preguntó cada tres minutos si su madre ya iba a salir.