No llamé a mi madre.
Tampoco a Stephanie.
Primero descargué todas las grabaciones.
Lo que encontré fue peor de lo que Wendy me había contado.
En un video, mi madre estaba sentada en nuestra cocina revisando la cuenta bancaria.
—Treinta y ocho mil —dijo sonriendo—. Luca ni siquiera comprobará en qué se gastó.
Stephanie se rio.
—¿Y Wendy?
—Que aprenda a arreglárselas.
Otra grabación mostraba a ambas sacando bolsas de comida de nuestra despensa.
En otra, Stephanie guardaba medicamentos que habían sido comprados para Wendy.
Pero el video que me hizo cerrar el portátil estaba fechado apenas cuatro días después del parto.
Wendy aparecía apoyada contra la pared.
—Jessi, estoy sangrando mucho. Necesito ir al médico.
Mi madre ni siquiera se levantó.
—Todas las mujeres sangran después de tener hijos. Deja de dramatizar.
—¿Puede quedarse con el bebé mientras voy?
Stephanie respondió desde el sofá:
—Tenemos planes.
Horas después, las cámaras las mostraban saliendo con maletas.
Wendy quedó sola.
Ese mismo día habían tomado un vuelo a Miami.
Llamé a mi abogado.
Después al banco.
Y entregué las grabaciones y los movimientos financieros a las autoridades correspondientes.