Dentro de la mochila había un cuaderno azul.
No era el cuaderno de matemáticas de Randy ni uno de esos cuadernos baratos que llenaba de dibujos de planetas, monstruos y superhéroes.
Era pequeño. De tapas duras. Con su nombre escrito cuidadosamente en la primera página.
“Cosas que no debo olvidar.”
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Qué es esto? —pregunté.
La niña, que dijo llamarse Emma, miró hacia la calle antes de responder.
—Randy lo escribía todo porque decía que los adultos no le creían.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Abrí el cuaderno.
Las primeras páginas eran inocentes: dibujos de nuestro perro, listas de videojuegos que quería probar, una carta a mí en la que decía que algún día me compraría una casa con piscina “para que nunca tengas que trabajar tanto”.
Luego, la letra cambió.
Se volvió más pequeña. Más apretada.
“Hoy el señor Dalton se enfadó otra vez.”
“Dijo que si contaba algo, nadie me creería porque soy un niño.”
“Emma lloró en el baño.”
“Encontré las pastillas de Emma en el cajón del escritorio.”
Mi corazón se detuvo.
Emma bajó la mirada.
—El señor Dalton era nuestro maestro suplente —susurró—. Estuvo en nuestra clase desde enero.
Yo recordaba ese nombre.
La escuela me había dicho que Randy se desplomó durante una actividad en el aula. Que el maestro había pedido ayuda inmediatamente. Que nadie entendía qué había ocurrido.
Pero la maestra titular de Randy, la señora Price, estaba de baja por maternidad.
El señor Dalton había estado a cargo esa semana.
Seguí leyendo.
“Emma tiene ataques de pánico y necesita sus pastillas. El señor Dalton se las escondió para que dejara de llorar.”
“Hoy le dijo a Liam que era un inútil.”
“Dice que no podemos contar nada porque él conoce al director.”
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Por qué Randy tenía esto? —pregunté.
Emma respiró hondo.
—Porque quería ayudarme.
Entonces sacó algo más del bolsillo de su chaqueta.
Un pequeño teléfono viejo.
—Y esto también.
Lo reconocí de inmediato.
Era el teléfono que Randy usaba para juegos. Se lo habíamos dado el año anterior, sin tarjeta SIM. Yo pensaba que lo había perdido meses atrás.
—¿De dónde lo sacaste?
—Randy lo tenía escondido. Decía que quería grabar al señor Dalton para que alguien le creyera.
Mi pecho se contrajo.
Emma tocó la pantalla y abrió un video.
La imagen era temblorosa y estaba oscura, como si el teléfono hubiera sido escondido dentro de un estuche. Se escuchaban voces infantiles, sillas moviéndose y la voz grave de un hombre.
—¿Otra vez con tus tonterías? —dijo el señor Dalton.
No podía verlo bien, pero lo reconocí.