El video comenzó con una imagen temblorosa.
Parecía grabado desde el interior de un coche, de noche. La cámara estaba apuntando hacia el estacionamiento trasero de un pequeño taller mecánico.
Reconocí el lugar.
Era el taller donde Ryan había llevado mi coche dos días antes de la boda.
La voz de Claire se escuchó en un susurro.
—Alice, si estás viendo esto, significa que no llegué a tiempo para hablar contigo.
Se me heló la sangre.
La cámara se movió un poco y vi a Ryan salir por una puerta lateral del taller.
No estaba solo.
Un hombre corpulento, de chaqueta gris, caminaba junto a él. Ryan le entregó un sobre.
—Después de mañana, no quiero que quede ninguna prueba —dijo Ryan.
El hombre abrió el sobre y miró dentro.
—¿Y ella?
Ryan giró la cabeza. Su rostro estaba parcialmente iluminado por una farola.
Nunca había visto esa expresión en él.
No había amor. No había preocupación. No había nervios de boda.
Solo frialdad.
—Alice no sabe nada —dijo—. Cree que todo está bien. Cuando estemos casados, todo quedará bajo control.
El hombre dudó.
—Esto se está complicando.
—Claire es la complicación —respondió Ryan—. Lleva semanas siguiéndome. Si vuelve a intervenir, me encargaré de ello.
El video se cortó.
Durante varios segundos, no pude respirar.
Megan estaba de pie frente a mí, con una mano sobre la boca.
—Claire me pidió que guardara ese teléfono —dijo con voz baja—. Me dijo que si algo le pasaba, no debía dárselo a nadie más que a ti. Pero también me dijo que esperara una semana.
—¿Por qué una semana? —pregunté.
Megan bajó la mirada.
—Porque temía que Ryan intentara acercarse a ti antes. Quería que estuvieras rodeada de tu familia. Quería que fueras más difícil de manipular.
Volví a reproducir el video.
Esta vez noté algo más.
En el reflejo de la ventana del taller se veía un automóvil estacionado cerca de Ryan.
Era el coche de Claire.
Ella no solo había visto a Ryan.
Él probablemente sabía que estaba allí.
Mis manos comenzaron a temblar con tanta fuerza que casi dejé caer el teléfono.
—Claire murió el día de mi boda —susurré—. En un accidente.
Megan cerró los ojos.
—No creo que fuera un accidente.
Claire había trabajado durante ocho años como analista de seguros.
Su trabajo consistía en revisar reclamaciones complejas: accidentes, incendios, fraudes financieros y casos que parecían normales hasta que alguien miraba con suficiente atención.
Megan abrió una carpeta que Claire había dejado en su escritorio.
Dentro había documentos, fotografías, correos impresos y notas escritas a mano.
Mi hermana llevaba meses investigando a Ryan.
Y mientras leía, sentí que mi vida se deshacía página por página.
Ryan no era quien decía ser.
La empresa en la que trabajaba no tenía los contratos que él mencionaba. Sus viajes de negocios no existían. Tenía deudas enormes, préstamos ocultos y varias cuentas bancarias bajo nombres falsos.
Pero lo peor estaba al final de la carpeta.
Una copia de mi testamento.
Mi padre había muerto tres años antes y me había dejado una parte importante de su patrimonio: una propiedad familiar, inversiones y una cuenta que se activaría completamente después de mi matrimonio.
Ryan lo sabía.
Había hecho preguntas aparentemente inocentes durante cenas familiares. Preguntas sobre abogados, cuentas, seguros, la casa junto al lago que perteneció a mis abuelos.
Yo siempre pensé que solo se interesaba por conocer mi familia.
Ahora entendía que estaba calculando.
Claire había descubierto que Ryan tenía una exnovia llamada Vanessa Cole.
No había muerto, como él me había dicho.
Vivía en otro estado.
Y, según los documentos, Ryan se había casado con ella siete años antes.
Nunca se había divorciado.
Mi matrimonio con Ryan no era válido.
Pero había sido suficiente para que él pudiera acceder a ciertas cuentas, presentarse como mi esposo y comenzar trámites con documentos que yo nunca había visto.
Sentí náuseas.
—¿Por qué Claire no me dijo todo esto? —pregunté.
Megan sacó otra nota.