Beatriz ya no sonrió.
—Mañana tus abogados tendrán una demanda para declararte incapaz. El primer testamento seguirá existiendo. Karla dirá que Daniela le dio las ampolletas y la clínica confirmará que las órdenes salieron con sus accesos. Además, Andrés perderá el control de la empresa.
Víctor fingió sorpresa.
—¿Qué tiene que ver Andrés?
—Esteban ya reunió gente suficiente en el consejo.
En el cuarto contiguo, Andrés murmuró una grosería.
Víctor tomó aire.
—Quiero hablar con Esteban.
Beatriz miró a Guillermo. Él negó con la cabeza, pero ella ya estaba marcando.
Esteban respondió por videollamada desde la oficina de Víctor.
—¿Por qué estás sentado en mi escritorio? —preguntó el enfermo.
—Es más cómodo para trabajar.
—Beatriz dice que después de mi firma dejarás a Andrés en la empresa.
—Si deja de bloquear decisiones.
—¿Como la venta de la clínica?
Esteban frunció el ceño.
—Esa operación es necesaria.
—La están vendiendo por debajo de su valor.
Hubo silencio.
—Después se revenderá —admitió Esteban, creyendo que ya no tenía sentido ocultarlo—. La diferencia se distribuirá mediante contratos de consultoría. Todos salen ganando.
Guillermo se levantó.
—No pienso participar en esta conversación.
Beatriz lo jaló del brazo.
—Siéntate. Sin tu poder no pasa nada y tú ya certificaste el testamento anterior.
Víctor levantó la cabeza.
—¿Con qué certificado médico lo hiciste?
Beatriz comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
—Con uno que acreditaba que estabas consciente.
—¿Qué médico lo firmó?
Guillermo respondió rápido:
—El documento me fue entregado ya firmado.
—Tú dijiste que la firma era válida —soltó Beatriz.
—Dije que el documento parecía formalmente correcto.
La tensión cambió de lado.
Víctor señaló la carpeta.
—¿Y estas facultades incluyen vender la clínica?
—Sí —contestó Beatriz, impaciente—. La operación ya está preparada.
—Yo la rechacé antes de la cirugía.
Ella se inclinó hacia él.
—Firma. Daniela queda libre. Andrés conserva su puesto. Sofía no crecerá escuchando que su madre quiso matar a su abuelo por una herencia.
Víctor dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—No vuelvas a usar a mi nieta.
—Entonces firma.
—No.
Presionó el botón oculto del brazo de su silla.
La puerta se abrió.
Entraron Andrés, Daniela, Mariana, Rafael y Óscar.
Esteban cortó la videollamada.
Guillermo comenzó a recoger los papeles.
—No toque nada —ordenó Rafael—. Primero se documentará lo que trajeron.
Beatriz se puso de pie.
—¡Esto es una trampa!
—Es mi conversación y yo autoricé grabarla —respondió Víctor.
—Te vas a arrepentir.
—De muchas cosas ya me arrepiento. De esto no.