—Usted está suspendida —respondió la enfermera—. No puede intervenir.
Conectó la solución y salió.
Tres minutos después, Víctor dejó de hablar.
Su rostro se volvió gris.
El monitor comenzó a alarmar.
Daniela cerró la llave del suero y llamó al equipo de reanimación.
La presión de Víctor cayó de forma brutal.
Cuando Mariana llegó, ordenó sellar la bolsa y revisar quién había entrado al cuarto de medicamentos.
El registro electrónico arrojó un nombre:
Daniela Reyes.
—Eso es imposible —dijo Mariana—. Su gafete está bajo resguardo desde la mañana.
Beatriz apareció justo en ese momento.
—¡Intentó matarlo antes de que cambie el testamento!
Andrés llegó detrás de ella y vio a Daniela junto a la puerta, el monitor sonando y el registro con su nombre.
Por un instante, dudó.
Entonces Óscar revisó otro servidor.
La cámara frente al almacén había sido apagada 12 minutos, pero una cámara de la escalera de servicio sí funcionó.
En el video se veía a una mujer con uniforme, cubrebocas y gorro. No se distinguía su rostro, pero en la muñeca llevaba una pulsera ancha con un dije.
Mariana reconoció la joya.
—Esa pulsera es de Karla Méndez.
Karla era la misma enfermera que había conectado el suero.
Cuando la confrontaron, comenzó a temblar.
Primero negó todo.
Después rompió a llorar.
—Me dijeron que solo era un sedante.
—¿Quién? —preguntó Daniela.
Karla levantó los ojos.
Miró directamente a Beatriz.
—Ella.
Beatriz se quedó helada.
Pero antes de que Karla explicara cómo había sido planeado todo, Guillermo Cárdenas llamó al teléfono de Daniela con una propuesta:
Beatriz retiraría la disputa por la herencia si Víctor firmaba una declaración.
Rafael escuchó la grabación y entendió de inmediato.
No querían negociar.
Querían otra firma.
Y esa noche Víctor decidió hacer algo que puso a todos al borde del miedo.
—Díganles que acepto la reunión.
PARTE 3
Mariana se opuso.
—Hace menos de 24 horas estuvo en terapia intensiva. No voy a permitir una negociación de una hora.
—Quince minutos —respondió Víctor—. Y usted estará detrás de la puerta.
Rafael también dudó, pero entendió el objetivo. Beatriz y Guillermo se sentían acorralados. Si creían que Víctor estaba débil y dispuesto a rendirse, probablemente hablarían de más.
Se preparó una sala privada dentro de la clínica. Víctor autorizó por escrito grabar su propia conversación. Andrés, Daniela, Mariana, Rafael y Óscar permanecerían en el cuarto contiguo.
A las seis en punto llegó Beatriz con Guillermo.
—Por fin decidiste usar la cabeza —dijo ella.
Víctor bajó la mirada, fingiendo cansancio.
—Enséñame qué tengo que firmar.
Guillermo abrió la carpeta.
El primer documento declaraba que Daniela había aprovechado la debilidad de su padre para influir en el testamento.
El segundo decía que Víctor no estaba en condiciones de comprender la última voluntad certificada por una notaria distinta.
Y el tercero devolvía a Beatriz amplios poderes para administrar cuentas, vender propiedades y votar con las acciones de su esposo.
Víctor hojeó las páginas.
—Aquí dice que Daniela interfirió con mi tratamiento.
—Su usuario aparece en las recetas y su gafete abrió el almacén —contestó Beatriz.
—Karla ya confesó.
—Una muchacha asustada puede corregir mañana lo que dijo hoy.
Detrás de la pared, Andrés apretó los puños.
Víctor alzó la vista.
—¿Quieres que cambie su testimonio?
Guillermo intervino.
—Nadie ha dicho eso. Solo existe la posibilidad de que aclare hechos expresados bajo presión.
—¿Y si no firmo?