La voz pertenecía a mi madre.
No pude respirar.
En el video, ella no hablaba de matarme directamente, pero tampoco parecía sorprendida. Decía que yo siempre había sido “difícil”, que exageraba todo y que quizá una clínica privada sería lo mejor. Sebastián respondía que no podía arriesgarse a que yo revisara la herencia de mi abuela antes de firmar ciertos poderes.
—Solo necesito que la familia confirme que lleva meses inestable —decía él—. Lo demás se arregla.
Mi madre preguntó cuánto recibiría si lograban vender la casa de Coyoacán que mi abuela me había dejado.
Detuve el video.
Durante años acepté sus excusas. Cuando veía un moretón, decía que los matrimonios tenían momentos difíciles. Cuando le confesé que Sebastián me había encerrado en el sótano, contestó que seguramente yo lo había provocado. Yo confundí su cobardía con ignorancia.
Ahora sabía que era interés.
Mi abuela había dejado una casa valuada en 23 millones de pesos y dos locales en el Centro Histórico. Todo estaba a mi nombre, pero Sebastián llevaba meses intentando que firmara un poder general. Como me negué, construyó una versión en la que yo era alcohólica, depresiva e incapaz de administrar mis bienes.
El seguro de vida era el último paso.
Verónica se inclinó hacia mí.
—Tenemos evidencia para denunciar violencia familiar, falsificación, fraude y tentativa de feminicidio. Pero tu madre puede alegar que no entendía el plan. Necesitamos que hablen otra vez.
Acepté llamarla.
La reunión se organizó en una sala de la empresa de Adrián. Verónica coordinó con una fiscal especializada. No habría amenazas ni hombres armados dentro. Solo una conversación grabada y agentes esperando en el piso inferior.
Mi madre llegó acompañada de Sebastián.
Eso confirmó su traición.
Ella entró vestida de negro, con un rosario entre los dedos y una expresión de sufrimiento ensayada. Sebastián llevaba el mismo traje azul de la boda.
Yo estaba sentada al otro lado de la mesa. Adrián permanecía detrás de un cristal, fuera de su vista.
—Mi niña —dijo mi madre, extendiendo los brazos—. Gracias a Dios estás viva.
No me levanté.
Sebastián adoptó el tono paciente que usaba frente a los policías.
—Natalia, Adrián Salgado te está manipulando. Si firmas el ingreso voluntario a una clínica, diremos que lo de la boda fue parte de una crisis. Nadie tiene que perder nada.
Mi madre puso una carpeta frente a mí.
—Firma, hija. Será solo por unas semanas.
Contenía una autorización médica, un poder para administrar mis propiedades y una cesión de derechos sobre la casa de Coyoacán.
—¿Y si no firmo?
Mi madre dejó el rosario sobre la mesa.