PARTE 1
—Tápala de una vez, muchacho. Esa mujer ya dio demasiados problemas hasta muerta —soltó doña Consuelo, mirando el ataúd como si adentro no estuviera su nuera, sino una deuda vieja.
El puñado de tierra cayó sobre la madera con un golpe seco.
En el panteón municipal de Dolores Hidalgo, el calor de las 2 de la tarde parecía salir de las cruces, de las lápidas y hasta de las flores marchitas.
No había llantos.
No había abrazos.
Ni siquiera había una misa decente.
Solo estaban Esteban, el esposo de Clara; doña Consuelo, su madre; y una mujer joven con vestido negro ajustado, lentes oscuros y labios rojos, parada a unos pasos, fingiendo respeto.
Se llamaba Ivonne, aunque nadie la presentó.
Rogelio, el sepulturero nuevo, observaba todo en silencio. Tenía 28 años, las manos llenas de tierra y una historia que nadie quería escuchar.
Hacía apenas 1 mes dormía afuera de la central de autobuses, hasta que don Chava, el velador del panteón, le dio trabajo.
—Aquí no se juzga a nadie, hijo —le había dicho—. Los muertos no preguntan de dónde vienes.
Pero ese entierro sí olía raro.
Clara Valdés no era cualquier mujer. En el pueblo la conocían porque había levantado una marca de salsas artesanales que ya vendía en León, Querétaro y San Miguel de Allende.
Empezó con 2 ollas prestadas y terminó dando empleo a más de 40 mujeres.
Por eso a Rogelio se le hizo extraño que la despidieran como si estorbara.
Esteban no lloró.
Solo revisó su celular.
—Mamá, vámonos. Mañana temprano tenemos cita con el licenciado. No quiero perder tiempo con el testamento.
Doña Consuelo se acomodó el collar de perlas.
—Claro, hijo. Aquí ya quedó lo que estorbaba.
Ivonne bajó la cabeza, pero Rogelio alcanzó a ver que sonreía poquito.
Una sonrisa rápida, fea, como de quien ya ganó algo.
Cuando los 3 se fueron en una camioneta blanca, Rogelio tomó la pala. Su trabajo era simple: cubrir la fosa, acomodar las flores y dejar todo limpio antes de que cayera la tarde.
Metió la pala en la tierra seca.
Lanzó el primer golpe.
Luego otro.
Entonces escuchó algo.
Un sonido bajito.
Como un gemido.
Rogelio se quedó helado.
Miró hacia todos lados. No había nadie cerca. Solo unas palomas sobre una capilla vieja y el murmullo lejano de una señora rezando en otra sección.
Volvió a escuchar.
Venía de abajo.
Del ataúd.
Sintió que el estómago se le fue hasta los pies.
—No manches… —susurró.
Bajó a la fosa con las piernas temblando. Pegó la oreja a la tapa. Al principio solo oyó su propia respiración.
Luego escuchó un golpe débil desde adentro.
Toc, toc.
Rogelio soltó la pala y casi se persignó con las dos manos.
—Virgencita, no me hagas esto…
Pero no salió corriendo.
Buscó una barra de fierro, la metió entre la tapa y la madera, y empezó a hacer palanca. Los clavos rechinaron. Uno saltó. Luego otro.
Cuando la tapa se abrió apenas unos centímetros, una mano pálida salió buscando aire.
Rogelio cayó sentado dentro de la fosa.
Clara estaba viva.
Tenía el rostro blanco, los labios partidos y el vestido mortuorio pegado al cuerpo por el sudor. Sus ojos estaban abiertos, llenos de terror.
—Agua… —murmuró.
Rogelio trepó como pudo, corrió por la botella que guardaba en su mochila y regresó. Le ayudó a beber despacio.
Clara tosió, lloró sin fuerza y trató de incorporarse.
—¿Dónde estoy?
—En el panteón, señora… la iban a enterrar.
Ella cerró los ojos.
No gritó.
No se desmayó.
Solo apretó la muñeca de Rogelio con una fuerza inesperada.
—No llames a mi esposo.
—Pero usted necesita un doctor.
—Primero necesito saber por qué tenían tanta prisa en verme bajo tierra.
Rogelio sintió un escalofrío.