PARTE 1
A las 10:17 de la noche, en una casa enorme de Lomas de Chapultepec, Diego Rivas aventó una carpeta sobre la mesa del comedor y miró a Camila Aranda como si fuera una vergüenza.
—Desde mañana te buscas la vida tú sola —dijo, apretando los dientes—. Ya me cansé de mantenerte como reina.
Camila estaba de pie junto a la cocina, con un mandil beige, el cabello recogido y las manos todavía húmedas de lavar platos.
Había pasado toda la tarde preparando mole, arroz rojo y agua de jamaica para unas tías de Diego que llegaron sin avisar. También limpió la sala, recogió los juguetes de Mateo, su hijo de 6 años, y le llevó café a doña Graciela, su suegra.
Doña Graciela estaba sentada en la cabecera, con las uñas rojas, un collar de perlas y una sonrisa chiquita, venenosa.
Por fin veía a su hijo tratar a Camila como ella siempre quiso.
—Aquí están los gastos —dijo Diego, golpeando la carpeta con la mano—. Supermercado, farmacia, gasolina, luz, colegio de Mateo, club, tarjeta… ¿Tú crees que el dinero sale del suelo?
Camila miró los papeles.
La farmacia era por los inhaladores de Mateo.
La luz había subido porque doña Graciela exigía aire acondicionado hasta en días frescos.
La gasolina era del coche de Diego.
El club lo usaba él para jugar pádel con sus amigos y presumir que era “un hombre de nivel”.
—Diego, si revisas bien…
—¡No me contestes! —gritó él—. No trabajas, no aportas, no haces nada más que gastar. Mi mamá siempre tuvo razón.
Doña Graciela dejó su taza sobre el plato con un golpe seco.
—Una esposa debe saber servir, mija. No vivir colgada del marido. En mis tiempos, una mujer agradecía tener techo.
Camila respiró hondo.
Durante 7 años había callado.
Había dejado que Diego creyera que su sueldo alcanzaba para pagar todo. Había permitido que se sintiera poderoso, indispensable, dueño de la casa y de la vida de ella.
Pero la verdad era otra.
La casa estaba a nombre de Camila.
El coche que Diego manejaba lo pagaba Camila.
Las tarjetas que él usaba para invitar whisky, cortes caros y viajes de fin de semana se liquidaban desde una cuenta de Camila.
Incluso el supuesto “bono ejecutivo” que él recibía cada mes no venía de la empresa, sino de una cuenta privada que ella abrió para no herirle el orgullo.
Lo más fuerte era que la constructora donde Diego trabajaba pertenecía al Grupo Aranda, la empresa que Camila heredó de su padre.
Diego no lo sabía.
O tal vez nunca quiso preguntar.
—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? —preguntó Camila, con una calma que incomodó a todos.
Diego soltó una risa seca.
—Ay, Camila, neta no te hagas la misteriosa. Desde mañana no te doy ni 1 peso. A ver si así aprendes a valorar.
Camila se quitó el mandil lentamente.
—Está bien.
Diego frunció el ceño.
—¿Cómo que está bien?
—Sí. Cada quien se busca la vida.
Doña Graciela se levantó furiosa.
—Antes de hacerte la digna, ve a calentarme cena. No he comido bien.
Camila caminó hacia la cocina.
Apagó la estufa, guardó la comida en recipientes, cerró la alacena con llave y dejó el fregadero limpio.
Luego subió al despacho que Diego creía “cuarto de costura”.
Abrió su laptop.
Canceló 4 pagos automáticos.
El coche.
Las tarjetas.
El bono.
La membresía del club.
Después escribió un mensaje a su abogada:
“Activa todo mañana a primera hora. Diego necesita conocer la verdad completa.”
Abajo, Diego gritó:
—¡Camila! ¡Mi mamá tiene hambre!
Ella miró la pantalla, cerró la computadora y dijo en voz baja:
—Entonces que aprenda a cocinar.
Y mientras Diego seguía gritando desde el comedor, sin saberlo, acababa de provocar la caída más humillante de su vida.
PARTE 2