Le gritó “mantenida” frente a su madre… sin saber que al día siguiente ella iba a quitarle todo

A la mañana siguiente, Diego despertó esperando el olor a café de olla, la camisa blanca planchada sobre la silla y el desayuno servido antes de las 7:30.

Pero la casa estaba en silencio.

No había café.

No había huevos con jamón.

No había jugo verde.

No había camisa planchada.

Solo se escuchaba la regadera del cuarto principal y el ruido lejano de un camión de basura pasando por la calle.

—¡Camila! —gritó desde la cama—. ¡Ya se me hizo tarde!

Nadie respondió.

Diego se levantó de malas, abrió el clóset y encontró sus camisas arrugadas. Buscó los calcetines negros, pero estaban en el cesto. Su traje gris tenía una mancha de café que llevaba 3 días esperando que alguien quitara.

Cuando Camila salió del baño, Diego se quedó callado.

Ella no traía mandil.

Llevaba un traje azul marino, tacones discretos, el cabello suelto y un bolso elegante que él jamás le había visto usar.

Parecía otra mujer.

O quizá siempre había sido esa mujer, solo que él nunca la miró de verdad.

—¿Y tú a dónde vas vestida así? —preguntó Diego, con burla.

—A trabajar.

Él soltó una carcajada.

—¿A trabajar? ¿En qué? ¿Vendiendo galletas por Instagram o qué?

Camila se puso los aretes frente al espejo.

—Trabajo desde antes de casarme contigo. Solo que nunca te interesó preguntar.

Diego apretó la mandíbula.

—No empieces con tus dramas.

—No es drama, Diego. Es administración. Desde hoy cada quien se busca la vida, como dijiste anoche.

Él señaló la camisa arrugada.

—¿Y esto?

—Es tu camisa.

—¿Por qué no está planchada?

Camila lo miró por el espejo.

—Porque ya no soy tu carga. Tampoco tu servicio doméstico.

Diego dio un paso hacia ella.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando. Estoy obedeciendo.

Camila bajó las escaleras sin prisa.

En el comedor, doña Graciela estaba sentada con cara de reina ofendida, envuelta en una bata satinada color vino.

—Camila, llevo 20 minutos esperando mi café. Quiero papaya, pan tostado y huevos con jamón. Y dile a la muchacha que suba mis maletas.

Camila tomó las llaves de su coche.

—No hay muchacha, señora Graciela.

—¿Cómo que no hay muchacha?

—Yo hacía todo.

Doña Graciela abrió la boca, indignada.

—Pues hazlo. Para eso estás en esta casa.

Camila la miró con una calma que la enfureció más.

—No. Anoche su hijo dijo que yo era una mantenida. Así que hoy la casa se sostiene con el dinero y el esfuerzo de él.

—¡Qué insolente! —gritó la suegra—. Mi hijo te mantiene.

—Entonces no tendrá problema en mantenerla también a usted.

Camila salió.

Diego bajó 15 minutos después con una camisa mal planchada, el cuello chueco y una corbata que no combinaba.

Doña Graciela lo siguió quejándose.

—Llévame a Sanborns. Aquí ya ni café sirven.

Diego aceptó solo para callarla.

Pero al llegar a la gasolinera, la tarjeta fue rechazada.

—Pásala otra vez —dijo él, fingiendo tranquilidad.

El despachador la pasó de nuevo.

—No pasa, joven. Dice fondos insuficientes.