Tampoco lo golpeó. Solo levantó la mano y uno de sus hombres comenzó a grabar. Otro llamó a una ambulancia. Un tercero pidió al administrador del club que resguardara las cámaras de la terraza.
—Vas a volver al salón —ordenó Adrián—. Dirás que Natalia se sintió mal y salió acompañada. Si intentas seguirla, la grabación llegará a la fiscalía, a tus socios y a cada cliente de tu despacho.
Sebastián palideció.
—No sabes con quién te estás metiendo.
—Sé exactamente quién eres. Por eso vine preparado.
En la camioneta, mientras un paramédico revisaba mi mandíbula, Adrián se sentó a cierta distancia. No intentó abrazarme ni preguntó por qué había tardado tanto en llamarlo.
—¿Puedo acercar la compresa? —preguntó.
Asentí.
Ese gesto me quebró más que el golpe. Sebastián nunca pedía permiso para tocarme.
El diagnóstico fue contusión severa, una fisura pequeña y señales de lesiones antiguas mal curadas. El médico tomó fotografías y dejó todo por escrito. Adrián me llevó a un departamento vigilado en Reforma, donde había ropa limpia, comida y una habitación con llave por dentro. Antes de irse, dejó el celular de una guardia sobre la mesa y me explicó que nadie entraría sin mi autorización. Por primera vez en años dormí sin escuchar pasos detrás de la puerta.
A la mañana siguiente llegó Verónica Cruz, una abogada especializada en violencia familiar.
—Podemos solicitar protección inmediata —explicó—, pero necesitamos un expediente que él no pueda desarmar.
Adrián ya había conseguido copias legales de los videos del club. En uno se veía a Sebastián seguirme hasta la terraza. En otro, regresar solo mientras se acomodaba los puños de la camisa. También había localizado a una exsecretaria que recordaba verme con lentes oscuros en días nublados.
Entonces Verónica puso sobre la mesa varios estados de cuenta.
—Sebastián contrató un seguro de vida a tu nombre hace ocho meses. La suma asegurada es de 18 millones de pesos.
Sentí que el piso se movía.
—No sabía.
—Hace tres semanas buscó cuánto tarda una aseguradora en pagar cuando la muerte ocurre por accidente doméstico.
Mi celular nuevo sonó. Era Mariana, mi hermana.
—¿Dónde estás? Sebastián dice que tuviste una crisis y te fuiste con un delincuente. Mamá cree que deben internarte.
Le envié una fotografía de mi rostro y el reporte médico.
Después de un silencio, la escuché llorar.
—Él estuvo aquí esta mañana. Nos enseñó mensajes tuyos donde decías que querías desaparecer.
Yo nunca los había escrito.
Mariana revisó la computadora que Sebastián había dejado abierta. Encontró fotografías de mis documentos, conversaciones editadas y una carpeta titulada “Plan de contingencia”. Dentro había una lista: desacreditarme, declararme inestable, convencer a mi familia y provocar un accidente antes de que yo cambiara los beneficiarios de una propiedad heredada.
Esa tarde, Mariana llegó con una memoria USB.
—Copié un archivo antes de que regresara.
Verónica lo abrió.
En la pantalla apareció Sebastián, grabado dos días antes de la boda.
—Después de la fiesta será fácil —decía—. Ella tendrá alcohol en la sangre y nadie cuestionará una caída por las escaleras.
Entonces alguien frente a él respondió.
Al escuchar esa segunda voz, entendí que mi esposo no había planeado matarme solo.
PARTE 3