Cuando volví de un viaje de negocios, esperaba que mi hija de tres años corriera a mis brazos. En cambio, la encontré temblando, con la cabeza rapada, después de que mi suegra la acusara de robar una pulsera de oro. Ella solo dijo: “Tal vez así aprenda la lección.” Esa noche revisé la cámara oculta de la sala… y descubrí quién había estado robando en realidad.

Elena no se detuvo.

—¿Ayudaste a sujetar a la niña mientras tu madre le rapaba la cabeza?

Karla se quebró.

—Sí.

El silencio cayó como una losa.

Elena miró a Graciela.

—¿Admite usted que rapó a su nieta sin comprobar nada?

Graciela tardó en responder.

—Yo creí que…

—No le pregunté qué creyó —la interrumpió Elena—. Le pregunté qué hizo.

Graciela agachó la cabeza.

—Le corté el pelo.

—No —dije por primera vez—. No se lo cortó. Se lo quitó para humillarla.

Nadie habló.

Después Elena miró a Roberto.

—¿Admite haber golpeado a Valeria mientras ella cargaba a su hija?

Roberto apretó la mandíbula.

—Fue una cachetada. Ella estaba gritando.

Elena sacó otro documento.

—Una agresión física frente a una menor sigue siendo una agresión. Y hay reporte médico.

Roberto dejó de mirarla.

Entonces Mauricio habló.

—Ya aceptaron lo que hicieron. Podemos resolverlo en privado.

Me volví hacia él.

—¿Resolver qué, Mauricio? ¿Las pesadillas de Sofía? ¿El miedo que siente cuando escucha una rasuradora? ¿El golpe que tu papá me dio? ¿O tu mensaje pidiéndome que me disculpara?

Él tragó saliva.

—Yo no sabía todo.

Elena puso otra carpeta sobre la mesa.

—Pero sí sabía otras cosas.

Sacó estados de cuenta resaltados.

Durante años, Mauricio me había dicho que gran parte de su sueldo se iba a la hipoteca, a gastos familiares y a inversiones para nuestro futuro.

Era mentira.

Mes tras mes, había transferencias a nombre de Karla.

Cincuenta mil pesos.

Ochenta mil.

Ciento veinte mil.

Pagos de tarjetas.

Préstamos.

Viajes.

Compras en tiendas de lujo.

Todo salía de cuentas donde también estaba mi dinero.

Miré a Mauricio.

—Sabías que tu hermana tenía deudas.

Él no respondió.

—Sabías que había robado antes.

Cerró los ojos.

—Sí.