Graciela se giró hacia él, pálida.
—¿Le estabas dando dinero a tu hermana?
Karla lloró más fuerte.
—Él me dijo que nadie se enteraría.
Roberto golpeó la mesa.
—¡Nos mentiste a todos!
Los vi atacarse entre ellos y no sentí satisfacción. Sentí claridad.
Esa familia nunca protegía al inocente.
Protegía al que más convenía esconder.
Elena leyó mis condiciones.
Una disculpa escrita firmada por todos, reconociendo que Sofía nunca robó nada.
Pago completo de atención médica y terapia psicológica.
Devolución de cada peso sacado de las cuentas conyugales.
Medidas de protección para impedir que Graciela, Roberto y Karla se acercaran a Sofía.
Custodia provisional para mí.
Visitas supervisadas para Mauricio.
Y entonces agregué la última condición.
—Quiero el divorcio.
Mauricio levantó la cara de golpe.
—Valeria, podemos mudarnos. No volvemos a ver a mis papás. Te lo juro.
Negué despacio.
—El problema no era el departamento.
Su voz se rompió.
—Por favor.
—El problema es que cuando tu hija necesitó un padre, tú protegiste a todos menos a ella.
Mauricio lloró.
—Cometí un error.
—No. Un error es olvidar comprar leche. Tú viste lo que le hicieron a Sofía. Supiste que tu papá me golpeó. Y aun así me pediste que volviera a pedir perdón.
Nadie pudo defenderlo.
Karla firmó primero.
Graciela firmó después, con la mano temblorosa.
Roberto se negó hasta que Elena puso sobre la mesa la denuncia, los reportes médicos, el audio de Karla y la grabación de la cámara.
Entonces firmó.
Mauricio fue el último.
Me miró antes de escribir su nombre.
Yo no sentí odio.
No sentí triunfo.
Sentí alivio.