Se lo reenvié a Elena.
Me llamó casi de inmediato.
—La confesión cambia todo —dijo—. Pero hay algo más.
Sentí un hueco en el estómago.
—¿Qué cosa?
Elena respiró hondo.
—Revisando los movimientos de tus cuentas conyugales, encontramos transferencias. Muchas. Mauricio lleva años sacando dinero.
Me quedé helada.
—¿A dónde lo mandaba?
Hubo un silencio.
—A Karla. Y cuando veas cuánto le dio, vas a entender por qué todos tenían tanto miedo de que saliera la verdad.
PARTE 3: LA FAMILIA QUE PREFIRIÓ MENTIR
La reunión de conciliación fue al día siguiente en el despacho de Elena, en la Roma Norte.
Dejé a Sofía con la psicóloga en una sala aparte. Antes de entrar, mi hija me jaló la manga.
—Mami, ¿la máquina mala está aquí?
Me agaché frente a ella.
—No, mi amor. Aquí nadie te va a tocar.
Ella asintió, pero abrazó su conejo con tanta fuerza que me dolió respirar.
Cuando entré a la sala, Mauricio ya estaba sentado junto a sus padres y Karla.
Graciela traía lentes oscuros, como si quisiera esconder que había llorado. Roberto estaba rígido, con los brazos cruzados. Karla tenía la cara hinchada. Mauricio parecía no haber dormido.
Por un segundo pensé en el hombre con quien me casé. El que me prometió que nunca permitiría que nadie me humillara.
Luego recordé su mensaje.
Pídele perdón. Somos familia.
Elena encendió una grabadora.
—Todo lo que se diga aquí quedará documentado.
Abrió una carpeta.
—Karla, ¿admites que tomaste la pulsera de tu madre?
Karla bajó la mirada.
—Sí.
—¿La vendiste para pagar deudas personales?
—Sí.
—¿Culpaste a Sofía sabiendo que era inocente?
Karla empezó a llorar.
—Sí.
Graciela se llevó una mano a la boca.