PARTE 1
En apenas 14 días, 37 niñeras habían salido huyendo de la mansión de los Alcázar, en Bosques de las Lomas. Algunas salieron llorando. Otras aventaron el uniforme y juraron que ni por 100,000 pesos volverían.
La número 37 cruzó el portón con la blusa rota, pintura verde en el cabello y una mordida marcada en el brazo.
—Esa casa necesita un exorcista, no una niñera —gritó antes de subir a un taxi.
Desde su oficina del tercer piso, Santiago Alcázar observó cómo el auto desaparecía. Tenía 36 años y dirigía una empresa tecnológica valuada en más de 1,000 millones de pesos.
Pero frente a sus 6 hijas, se sentía completamente inútil.
En la pared, su esposa Mariana abrazaba a las niñas en una foto tomada en Veracruz. Habían pasado 11 meses desde su muerte.
—Ya no sé cómo ayudarlas, amor —murmuró Santiago.
Su asistente confirmó que todas las agencias habían bloqueado la dirección por considerarla “un riesgo físico y emocional”.
Desesperado, Santiago pidió contratar al menos a alguien para limpiar.
La llamada llegó hasta Daniela Cruz, una joven de 25 años que vivía en Iztapalapa. Limpiaba casas de día y estudiaba psicología infantil de noche. Al oír que pagarían el triple, miró su colegiatura vencida.
—Pásame la dirección —respondió.
La mansión parecía perfecta por fuera. Por dentro había ropa en las lámparas, platos rotos, juguetes destruidos y frases negras en las paredes.
El guardia le abrió el portón con lástima.
—Que Dios la acompañe, señorita —murmuró—. Aquí nadie dura ni hasta la cena.
Santiago la recibió con barba descuidada y ojeras profundas.
—Solo necesito que limpies —dijo—. Mis hijas están pasando por una etapa difícil.
Un golpe retumbó arriba, seguido de carcajadas.
Daniela levantó la vista.
Las 6 niñas aparecieron en la escalera: Valeria, de 12; Camila, de 10, con mechones mal cortados; Sofía, de 8; las gemelas Regina y Ximena, de 6; y Lucía, de 3, abrazando una muñeca sin un brazo.
—Soy Daniela —dijo ella con calma—. No soy niñera. Vine a limpiar.
Valeria bajó un escalón.
—Eres la número 38. A ver cuánto aguantas.
Daniela entró en la cocina. En el refrigerador encontró fotos de Mariana y una lista con los alimentos favoritos de cada niña.
También encontró una nota escondida detrás de un imán:
“Si algo me pasa, no dejes que Santiago separe a las niñas de Teresa”.
Daniela apenas terminó de leer cuando escuchó a Santiago detrás de ella.
El empresario le arrancó el papel de la mano, palideció y dijo entre dientes:
—No vuelvas a mencionar a Teresa frente a mis hijas.
En ese instante, Valeria apareció en la puerta con los ojos llenos de odio.
—Dile la verdad —le exigió a su padre—. Dile por qué mamá murió y por qué nos prohibiste volver a ver a nuestra abuela.
Daniela sintió que el aire desaparecía de la cocina.
Y cuando Santiago levantó la mano para callar a su hija, Valeria soltó una frase que dejó a todos paralizados:
—Mamá no murió por enfermedad. Murió por tu culpa.
PARTE 2
Santiago dejó caer la mano como si lo hubieran golpeado.
Las gemelas dejaron de sonreír. Camila se arrancaba el cabello y Sofía casi no podía respirar.
—Suban a sus cuartos —ordenó Santiago.
—No —respondió Valeria—. Siempre haces lo mismo. Nos mandas lejos cuando alguien pregunta por mamá.