Al día siguiente pidió una cita con Mauricio Beltrán, un abogado especializado en propiedad inmobiliaria. Su despacho ocupaba el segundo piso de un edificio modesto cerca de los juzgados.
Catalina llevó la grabación, las fotografías y la carpeta.
Mauricio observó el video completo.
—Su esposo no podría vender inmediatamente la casa con este documento —explicó—, pero obtendría suficiente control para iniciar préstamos, firmar modificaciones y construir, paso a paso, una apariencia de autoridad legítima.
—¿Podemos impedirlo?
—Sí. La propiedad está a su nombre y el dinero principal puede rastrearse hasta la herencia. Registraremos una restricción voluntaria. Ninguna operación será válida sin su presencia personal, una verificación independiente y la revisión de un abogado elegido exclusivamente por usted.
Catalina respiró con alivio.
—Quiero algo más.
—¿Qué cosa?
—Quiero que crean que voy a firmar.
Mauricio la observó con atención.
—¿Para reunir más pruebas?
—Para que tengan que escuchar, en su propia voz, lo que estaban intentando hacer.
El abogado guardó silencio durante unos segundos.
—Entonces debemos hacerlo sin improvisaciones.
Durante la semana siguiente, Catalina interpretó el papel de la esposa confiada.
Hizo preguntas sencillas, fingió cansarse con las explicaciones y permitió que Sebastián creyera que estaba a punto de ceder.
La comodidad lo volvió imprudente.
Comenzó a hablar sobre la oficina que construiría en el sótano. Mencionó inversiones que realizaría con el capital de la vivienda. Ofelia llegó con catálogos de muebles y muestras de pintura.
—Cuando abramos esta pared, el comedor se verá mucho más elegante —declaró.
Catalina escondía una pequeña grabadora en el bolsillo de su suéter.
El domingo por la noche, mientras lavaba los platos, Sebastián se acercó por detrás y rodeó su cintura.
Durante un instante, el gesto fue tan familiar que Catalina sintió el impulso de apoyarse contra él como había hecho miles de veces.
Entonces él susurró:
—Cuando todo esté transferido, ya no tendrás que preocuparte por nada. Un día despertarás y todo estará resuelto sin que sepas cómo ocurrió.
La grabadora captó cada palabra.
—Eso suena maravilloso —respondió ella.
Sebastián besó su cabello.
No percibió que la mujer a la que abrazaba ya había dejado de ser su esposa.
El lunes organizaron una cena para celebrar la firma. Ofelia llevó vino y utilizó la vajilla de boda que Catalina acababa de sacar de las cajas.
Encendieron velas.
Sebastián sirvió la bebida y levantó su copa.
—Por los nuevos comienzos.
—Por los nuevos comienzos —repitió Catalina.
Por primera vez, ambos decían la verdad, aunque hablaban de futuros completamente diferentes.
Después de la cena, Sebastián colocó los documentos frente a ella y deslizó una pluma sobre el mantel.
—No hay presión —dijo.
Ofelia se inclinó discretamente hacia delante.
Catalina tomó la pluma.
La acercó a la línea de la firma.
Entonces sonó el timbre.
Sebastián frunció el ceño.
—No esperamos a nadie.
—Yo sí.
Catalina dejó la pluma sobre la mesa.
Al abrir la puerta encontró a Mauricio Beltrán acompañado por una notificadora judicial y por don Tomás Rivas.
Los 3 entraron en la casa.
Sebastián se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—¿Qué significa esto?