Después de mudarnos a la casa nueva, el antiguo casero llamó y dijo: «Olvidé desconectar la cámara y vi por accidente a tu marido y a su madre… no le digas nada; ven aquí sola».

Después de mudarnos a la casa nueva, el antiguo casero llamó y dijo: «Olvidé desconectar la cámara y vi por accidente a tu marido y a su madre… no le digas nada; ven aquí sola».

Catalina Herrera sostenía una taza de porcelana cuando una voz desconocida le dijo por teléfono que su esposo llevaba semanas planeando quitarle la casa.

La taza formaba parte de la vajilla que había recibido el día de su boda. Después de 11 años guardada en cajas, Catalina acababa de desenvolverla para colocarla en la cocina de la nueva residencia que había comprado en San Ángel, al sur de la Ciudad de México.

—Señora Herrera, necesito que venga a verme —dijo el hombre—. No le diga nada a su esposo. Venga sola.

Catalina permaneció inmóvil.

Desde la cocina podía ver a Sebastián, su marido, de pie sobre una escalera mientras colgaba un retrato familiar en la sala. Debajo de él, Ofelia, su madre, le indicaba dónde debía colocarlo.

—Un poco más a la izquierda —ordenó la mujer.

Sebastián obedeció y ambos rieron.

La escena parecía inocente.

Sin embargo, la voz del teléfono temblaba.

—¿Quién habla?

—Tomás Rivas. Yo le vendí la casa.

Catalina lo recordó enseguida. Don Tomás era un ingeniero retirado de 73 años que había vivido en aquella propiedad durante más de 30 años junto con su esposa. El día de la firma le entregó las llaves y le pidió que cuidara el jardín de bugambilias que ella había plantado.

—¿Ocurrió algún problema con la venta?

—No con la venta. Con una cámara.

Catalina miró otra vez hacia la sala.

Sebastián la descubrió observándolo.

—¿Todo bien? —preguntó.

Ella apretó el teléfono.

—Sí. Es una llamada del trabajo.

Se alejó hacia la ventana.

Don Tomás explicó que años atrás había instalado un sistema de seguridad. Antes de mudarse desconectó casi todas las cámaras, pero olvidó una pequeña unidad oculta detrás de un librero. El dispositivo seguía vinculado a su cuenta digital.

—Recibí un aviso porque el almacenamiento estaba lleno —continuó—. Entré para borrar las grabaciones y vi a su esposo con otra mujer.

Catalina sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Otra mujer?

—Su madre. Escuché lo que estaban planeando. Preferiría no repetirlo por teléfono.

Aquello fue peor que la posibilidad de una amante.

—¿Por qué?

—Porque creo que debe verlo con sus propios ojos.

Catalina dijo que iría esa misma tarde.

Colgó y regresó a la cocina.

Tenía 39 años y acababa de invertir casi todos sus ahorros en aquella casa. El 70% del enganche provenía de la herencia de su padre, Ernesto Herrera, un profesor de química que trabajó durante 35 años en una preparatoria pública de la colonia Portales.

Ernesto nunca fue rico.

Usaba el mismo automóvil durante décadas, reparaba personalmente los muebles y guardaba cada peso que podía. Cuando murió, dejó a Catalina una cantidad mayor de la que todos imaginaban.

En una carta escribió: