“Este dinero no es para que recuerdes mi muerte. Es para que construyas algo donde puedas vivir sin miedo.”
Catalina creyó haber encontrado ese lugar.
La casa tenía 2 pisos, paredes de piedra volcánica, ventanas altas y un jardín suficientemente grande para cultivar tomates, jazmines y hortensias. El día de la firma, Sebastián la abrazó frente al notario.
—Por fin tenemos algo nuestro —le dijo.
Catalina no corrigió aquella frase.
Aunque el dinero procedía principalmente de ella y la escritura estaba a su nombre, consideraba que un matrimonio convertía los bienes en proyectos compartidos.
Ofelia pensaba de otra manera.
Desde el primer recorrido se comportó como si la casa perteneciera a su familia. Habló de derribar una pared, transformar el estudio en dormitorio para invitados y renovar la cocina.
—Cuando Sebastián tenga el control de las finanzas, podremos hacer todo correctamente —comentó.
Catalina creyó que solo se trataba de una suegra dominante.
Después de aquella llamada, cada recuerdo adquirió un significado distinto.
Para salir sin despertar sospechas, dijo que necesitaba comprar pintura. Sebastián apenas levantó la mirada.
—Ve tranquila. Mi mamá y yo terminaremos de acomodar la sala.
Ofelia sonrió.
—Tómate todo el tiempo que necesites, querida.
Catalina condujo hasta la casa que don Tomás rentaba en Mixcoac. El anciano la esperaba junto a la puerta.
En la mesa del comedor había una computadora abierta.
—Antes de mostrarle esto, quiero disculparme —dijo—. Jamás habría dejado una cámara funcionando de manera intencional.
—Solo muéstremelo.
Don Tomás inició el video.
La grabación correspondía al viernes anterior, cuando Catalina había permanecido hasta tarde en la oficina. La sala todavía estaba llena de cajas.
Sebastián entró primero.
Ofelia apareció detrás de él y cerró la puerta.
—Todavía cree que la casa es de los 2 —dijo la mujer.
Sebastián se rio.
—La escritura está solo a su nombre, pero eso se puede arreglar.
—¿Ya hablaste con el asesor?
—Sí. Preparará un refinanciamiento con una cláusula de representación. Catalina firmará sin leerlo.
—Siempre firma lo que tú le entregas.
—Confía en mí.
Ofelia recorrió la sala, observando las paredes.
—Esa confianza es lo más útil que tiene.
Catalina dejó de respirar por unos segundos.
En la pantalla, Sebastián explicó que el documento le otorgaría poder para gestionar cualquier trámite relacionado con la propiedad. Primero obtendría autoridad administrativa. Después podría solicitar un crédito utilizando la casa como garantía.
—Con ese dinero pagamos lo de Monterrey —dijo.
Ofelia bajó la voz.
—No menciones esa deuda delante de ella.
Catalina miró a don Tomás.