Después de mudarnos a la casa nueva, el antiguo casero llamó y dijo: «Olvidé desconectar la cámara y vi por accidente a tu marido y a su madre… no le digas nada; ven aquí sola».

—¿Qué deuda?

—No lo sé. La cámara solo grabó lo que ocurrió en la sala.

La conversación continuó.

Ofelia quería utilizar parte del crédito para salvar una empresa de organización de eventos que estaba a nombre de Sebastián, pero que en realidad ella dirigía. Habían perdido millones de pesos después de invertir en un salón de bodas que nunca obtuvo permisos.

Si Catalina firmaba, su casa quedaría comprometida.

Sebastián incluso habló de transferir la propiedad a una sociedad creada por él.

—Cuando se dé cuenta, todo estará consolidado —afirmó—. No podrá revertirlo sin iniciar un juicio.

—Y no lo hará —respondió Ofelia—. Le aterra quedarse sola.

Aquella frase lastimó a Catalina más que el resto.

Sebastián sabía que, después de la muerte de su padre, el miedo al abandono había sido su debilidad más profunda. La acompañó durante el funeral, durmió junto a ella cuando las pesadillas no la dejaban descansar y le prometió que jamás volvería a enfrentar una pérdida sola.

Ahora pretendía utilizar ese miedo para robarle.

Don Tomás cerró la computadora.

—Guardé todas las grabaciones en esta memoria.

Depositó un pequeño dispositivo sobre la mesa.

Catalina lo recogió.

Pesaba menos que una llave, pero contenía el final de su matrimonio.

—¿Por qué decidió ayudarme?

El anciano miró hacia una fotografía de su esposa fallecida.

—Vivimos 31 años en esa casa. Mi esposa decía que las paredes escuchan más verdades que las personas. No podía permitir que alguien convirtiera nuestro hogar en el escenario de una traición.

Catalina regresó a San Ángel sin comprar pintura.

—La tienda estaba llena —mintió.

Sebastián aceptó la explicación.

Esa noche durmió a su lado como si nada hubiera ocurrido. Catalina permaneció despierta, escuchando su respiración y preguntándose cuántas veces aquel hombre la había abrazado mientras calculaba cuánto valía su confianza.

No lo confrontó.

Durante los días siguientes comenzó a observar.

Descubrió que Sebastián recogía toda la correspondencia bancaria. Ofelia visitaba la casa casi a diario y revisaba los documentos antes de que Catalina regresara del trabajo. Cuando ella entraba en una habitación, las conversaciones cambiaban inmediatamente.

El jueves, Sebastián colocó una carpeta sobre la mesa.

—Son documentos para mejorar las condiciones del crédito hipotecario —explicó—. Nada complicado.

Ofelia estaba sentada a su lado.

—Todos hacen esto después de comprar una casa —aseguró—. Solo tienes que firmar algunas páginas.

Catalina hojeó el expediente.

—Quiero leerlo con calma.

Una expresión de molestia cruzó el rostro de Sebastián.

Desapareció casi de inmediato.

—Claro. No hay prisa.

Pero sí la había.

Catalina esperó a que se durmiera y fotografió cada página. En la número 14 encontró una cláusula que otorgaba a Sebastián facultades para representar a su esposa ante bancos, notarios y autoridades registrales.

La redacción parecía inofensiva.

En realidad, era una llave legal.