Catalina regresó a su lugar y se sentó en la cabecera.
—Significa que esta vez sí leí la letra pequeña.
Mauricio colocó una carpeta junto a los documentos de Sebastián.
Explicó que la propiedad había sido protegida contra cualquier refinanciamiento, transferencia o garantía no autorizada. Cualquier intento futuro requeriría la presencia de Catalina y asesoría legal independiente.
Después presentó las pruebas.
Primero, las transcripciones de la cámara.
Luego, los mensajes enviados al asesor financiero.
Finalmente, la grabación de la noche anterior.
La voz de Sebastián llenó el comedor:
“Un día despertarás y todo estará resuelto sin que sepas cómo ocurrió.”
El color desapareció de su rostro.
Ofelia miró a don Tomás.
—Usted nos grabó ilegalmente.
—La cámara pertenecía a un sistema anterior —respondió Mauricio—. Su relevancia jurídica será determinada por las autoridades. Sin embargo, las solicitudes financieras, los correos y los documentos preparados con intención de ocultar sus consecuencias existen independientemente del video.
Sebastián miró a Catalina.
—Puedo explicarlo.
—Entonces explica por qué necesitabas que yo no comprendiera lo que firmaba.
—Intentaba salvar el negocio.
—Con la casa que mi padre compró para protegerme.
—Era por nuestra familia.
—Tu madre, tú y la deuda que ocultaron no eran toda mi familia.
Ofelia golpeó la mesa.
—Sin Sebastián estarás sola en esta casa.
Catalina sintió dolor, pero ya no miedo.
—Estaba más sola durmiendo junto a un hombre que planeaba traicionarme.
La notificadora entregó a Sebastián una solicitud formal de separación patrimonial y una orden preventiva que le prohibía retirar documentos o alterar los sistemas de la vivienda.
Catalina no había presentado todavía la demanda de divorcio.
Quería ofrecerle una última oportunidad de decir la verdad.
Sebastián bajó la mirada.
—Mi mamá hipotecó su departamento para abrir el salón de fiestas. Yo firmé como responsable. Cuando el negocio fracasó, comenzamos a recibir amenazas de embargo.
Ofelia palideció.
—No tienes que contarle todo.
—Ya perdimos —respondió él—. Déjame hablar.
Admitió que la deuda ascendía a casi 8 millones de pesos. Al principio planeaba pedir ayuda a Catalina, pero Ofelia lo convenció de que ella se negaría. Entonces buscaron una forma de utilizar la casa sin explicarle el riesgo.
—Tenía miedo —dijo Sebastián.
Catalina lo miró con lágrimas contenidas.
—Yo también tenía miedo. La diferencia es que nunca usé el mío para destruirte.
Sebastián abandonó la casa esa noche.
Ofelia salió detrás de él sin despedirse.