PARTE 3
Rogelio respiraba del otro lado de la puerta.
Yo estaba pegada al librero, con la bolsa contra el pecho y una figura de bronce en la mano, lista para romperle la cabeza si entraba. No era valentía. Era terror convertido en instinto.
—¿Qué haces parado ahí? —gritó Graciela por teléfono, con esa voz chillona que siempre usaba cuando quería controlar todo.
Rogelio soltó una grosería.
—Ya voy por tus aretes, mujer. No me estés molestando.
Sus pasos se alejaron hacia la recámara principal.
No esperé. Abrí el despacho despacio, crucé el pasillo en puntas y salí por la cocina. Corrí por el patio, pasé la puerta de servicio y no dejé de correr hasta llegar a mi coche, estacionado tres calles atrás. Cuando cerré los seguros, empecé a llorar y reír al mismo tiempo.
Tenía la verdad en mi bolsa.
En el hotel, mis papás dormían por fin después de que un médico les diera algo para los nervios. Me senté junto a la ventana, conecté la USB a mi laptop y me puse audífonos.
Había audios, fotos de transferencias, capturas de mensajes y un archivo llamado: “Para Valeria”.
Antes de abrirlo, escuché una grabación entre Rogelio y El Güero Maldonado.
—Mañana quiero la firma del viejo —decía una voz ronca—. No me sirve una casa si no hay poder notarial.
—La va a firmar, jefe —respondía Rogelio, temblando—. Mi hijastro no se va a meter.
—Más te vale. Si don Ernesto no firma, lo levantamos. Le rompemos lo que haya que romperle hasta que entregue la casa.
Me quité un audífono. Sentí náuseas. Ese era el plan de la noche en que Diego “echó” a mis papás.
Luego abrí el archivo de Diego.
Su voz sonó rota.
“Valeria, amor… si estás escuchando esto, tal vez ya no puedo explicarte nada en persona. Perdóname. Perdóname por hacerte odiarme.”
Empecé a temblar.
“Rogelio está endeudado con El Güero Maldonado. Hace semanas empecé a sospechar y grabé sus llamadas. Esa noche iban a secuestrar a tu papá para obligarlo a firmar. No había tiempo. Si los enfrentaba, los mataban. Entonces hice lo único que podía hacer: armé un escándalo. Tenía que sacar a tus papás a la calle, frente a vecinos, frente a testigos. Los criminales no podían llevárselos con media cuadra mirando.”
Me tapé la boca para no despertar a mis padres.
“Tenía preparado dinero para ellos. Vendí inversiones, vacié mis ahorros. Era para que escaparan lejos si algo me pasaba. Sé que te rompí el corazón. Te vi mirarme como si fuera un monstruo, y tuve que quedarme callado. Tu odio era la única prueba de que no sabías nada. Si Rogelio descubría que tú sabías la verdad, ibas a ser su siguiente objetivo.”
La pantalla se nubló por mis lágrimas.
Diego no me había traicionado. Había sacrificado su nombre, su matrimonio y su paz para salvarnos.
Llamé a Ana Lucía. Llegó al hotel en menos de 40 minutos. Escuchó todo con el rostro duro, pero cuando oyó la voz quebrada de Diego, también se le humedecieron los ojos.
—Con esto podemos presionar a la Fiscalía —dijo.
—No basta —respondí—. Maldonado tiene dinero. Puede decir que los audios son falsos. Necesitamos agarrarlos en flagrancia.
Ana Lucía me miró como si acabara de decir una locura.
—¿Qué estás pensando?
Le mostré otro archivo de la USB. Era un contacto de emergencia: comandante Julián Herrera, Unidad Antisecuestros.
Diego ya estaba trabajando con él.
Llamamos. Al escuchar mi nombre, el comandante no pidió explicaciones.
—¿Está usted a salvo? ¿Dónde está Diego?
—No está conmigo. Rogelio lo mandó a Querétaro con un pretexto.
El comandante maldijo por lo bajo.
—Su esposo se metió demasiado profundo. Maldonado dio plazo hasta mañana. Si no consigue la firma de su papá, van a ir por él.
—Entonces los haremos venir —dije.