La habitación quedó en silencio.
Mi plan era terrible: llevaría a mi papá de regreso a la casa y haríamos creer a Rogelio que nos rendíamos. Mi padre firmaría “lo necesario” con tal de que dejaran de perseguirnos. Maldonado tendría que presentarse para asegurarse. La Fiscalía estaría escondida alrededor.
Mi mamá, al enterarse de la verdad sobre Diego, lloró hasta quedarse sin fuerza.
—Ese muchacho se dejó odiar por salvarnos —repetía—. Dios mío, yo lo maldije.
Mi papá se quedó callado mucho rato. Luego se limpió las lágrimas y miró al comandante.
—Si mi yerno arriesgó la vida por mí, yo puedo sentarme frente a esos desgraciados y aguantar unos minutos.
A las 8:00 de la mañana siguiente, escondimos un micrófono pequeño en el cuello de su camisa. Mi mamá se quedó en el coche, a dos cuadras, con una agente encubierta. Yo caminé con mi papá hasta la casa. El barrio estaba tranquilo, demasiado tranquilo. Algunas vecinas regaban plantas; un señor barría la banqueta. Nadie parecía notar las camionetas de reparto que en realidad estaban llenas de agentes.
Llamé a Rogelio y puse la voz más débil que pude.
—Ya no podemos más. Mi papá va a firmar. Solo queremos que nos dejen en paz.
Rogelio se rió.
—Hasta que entendiste. No se muevan. Voy para allá con la gente correcta.
Colgué. Mis manos estaban heladas.
Un mensaje entró a mi celular: “Audio claro. Los tenemos a la vista. Espere la amenaza directa.”
A las 8:47 aparecieron tres camionetas negras. Frenaron frente a la casa. Bajaron hombres grandes, con chamarras oscuras y miradas vacías. Luego bajó Rogelio, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa asquerosa. Detrás de él apareció El Güero Maldonado: traje claro, cabello peinado hacia atrás, rostro seco y ojos de animal.
—Así me gusta —dijo Rogelio—. La familia humilde aprendiendo obediencia.
Yo fingí bajar la cabeza.
—Solo déjanos ir después de esto.
Maldonado ni siquiera me miró.
—Adentro. No firmamos nada en la calle.
Rogelio abrió la puerta. Dos hombres empujaron a mi papá hasta una silla del comedor. Ver esa casa otra vez, con los santos de mi mamá todavía colgados y las macetas marchitas en el patio, me dio una rabia que casi me hizo olvidar el plan.
Rogelio extendió los documentos.
—Firma aquí, aquí y aquí. Poder amplio para vender. Y no hagas preguntas.
Mi papá tomó la pluma con mano temblorosa, pero no firmó.
—¿Cómo sé que no van a tocar a mi hija después?
Rogelio golpeó la mesa.
—¡Firma, viejo!
Maldonado levantó la mano para callarlo. Se acercó a mi papá con una calma peor que cualquier grito.
—Don Ernesto, usted no está negociando. Está sobreviviendo.
Chasqueó los dedos. Uno de sus hombres sacó una navaja y la puso contra el cuello de mi papá. Yo sentí que el mundo se me iba. La hoja presionó lo suficiente para marcar una línea roja.
—Si no firma —dijo Maldonado, claro y despacio—, le abro la garganta aquí mismo. Y luego su hija se viene conmigo para aprender a no meterse en asuntos de hombres.
Ese era el momento.
Respiré hondo y grité:
—¡Por favor, no maten a mi papá!
Durante un segundo, todos se quedaron inmóviles.
Luego la casa explotó.
No de fuego, sino de voces, golpes secos y cristales rompiéndose. La puerta principal cayó con un estruendo. Agentes con chalecos negros entraron gritando:
—¡Fiscalía! ¡Al suelo! ¡Suelten las armas!
Por la ventana del patio entraron otros. El hombre de la navaja intentó moverse, pero un agente lo derribó antes de que pudiera reaccionar. Yo me lancé sobre mi papá y lo jalé al suelo, cubriéndolo con mi cuerpo.
Rogelio quiso correr hacia la cocina. No llegó ni a la puerta.
Alguien apareció frente a él.
Diego.
Llevaba chaleco antibalas sobre una camisa común. Tenía la cara cansada, ojeras profundas y los nudillos vendados, pero sus ojos estaban vivos. Rogelio se quedó blanco.
—Tú… tú estabas en Querétaro.
Diego caminó hacia él.
—Y tú estabas muy seguro de que mi familia iba a quedarse sola.
—Diego, yo soy como tu padre…
—No vuelvas a decir eso.
El golpe fue rápido, seco, contenido por años de respeto mal puesto. Rogelio cayó contra la pared y los agentes lo esposaron en el suelo.