Era el último resto de un amor que acababa de morir.
En ese instante volvió a escucharse otro motor.
Esta vez era una patrulla de la policía de investigación.
Detrás llegaron dos vehículos más.
La abogada tomó aire.
—También presentamos una denuncia por administración fraudulenta esta tarde.
Los agentes descendieron.
Uno de ellos caminó directamente hacia Sebastián.
—¿Señor Sebastián Aguirre?
Él apenas pudo responder.
—Sí…
—Necesitamos que nos acompañe para rendir una declaración respecto a varias operaciones financieras.
—¡Yo no robé nada!
—Eso tendrá oportunidad de aclararlo.
Paola dio un paso hacia atrás.
Intentó mezclarse entre los invitados.
Pero otra agente ya la esperaba.
—Señora Paola Domínguez.
También necesitamos hablar con usted.
—¡Esto es una locura!
La madre de Sebastián comenzó a gritar.
—¡Mi hijo es inocente!
El padre, en cambio, permanecía inmóvil.
Sabía leer expedientes.
Sabía interpretar el lenguaje de los abogados.
Y comprendía perfectamente que aquellas carpetas no se preparaban en una hora.
Renata llevaba meses construyendo aquel momento.
Mientras ellos organizaban una boda…
Ella estaba reuniendo pruebas.
Mientras elegían flores…
Ella hablaba con auditores.
Mientras mandaban imprimir las invitaciones…
Ella protegía su patrimonio.
Sebastián volvió la cabeza.
Por primera vez en años parecía realmente derrotado.
—¿Desde cuándo lo sabías?
Renata tardó unos segundos en responder.
—Desde el día en que Paola olvidó su tableta aquí.
Vi una notificación.
Solo una.
No abrí nada.
No hacía falta.
A partir de ese momento empecé a observar.
Y ustedes solos hicieron el resto.
Él cerró los ojos.
—Todavía te amo.
Renata sonrió con tristeza.
—No.
Tú amas la vida que yo construí.
No a la mujer que la construyó.
Los agentes les pidieron entregar sus teléfonos.
Los invitados comenzaron a retirarse en silencio.
Nadie quería aparecer relacionado con aquel escándalo.
El enorme pastel permanecía intacto bajo las luces.
Las letras “S & P” parecían ahora una burla.
Renata caminó lentamente hasta la mesa.
Tomó el cuchillo de plata destinado al primer corte.
Todos pensaron que destruiría el pastel.
Pero hizo algo distinto.
Cortó una pequeña rebanada.
La colocó en un plato.
La probó.
Y sonrió.
—Está delicioso.
Miró al organizador del evento, que seguía paralizado.
—Ya está pagado.
No pienso desperdiciarlo.
Volteó hacia los policías.
—Si les parece bien, cuando terminen su trabajo pueden llevarse todo el banquete al albergue infantil de la colonia. Mi abuela siempre decía que la comida solo tiene sentido cuando alguien puede disfrutarla.
El organizador asintió emocionado.
Varias personas comenzaron a aplaudir.
No era un aplauso por la caída de Sebastián.
Era un reconocimiento a la dignidad con la que Renata había enfrentado la peor noche de su vida.
Mientras las patrullas se alejaban con Sebastián y Paola, ella levantó la vista hacia la vieja jacaranda del jardín.
Las flores moradas caían lentamente sobre el césped.
El mismo jardín que unos minutos antes había sido escenario de una traición.
Ahora volvía a pertenecer únicamente a quien nunca dejó de luchar por él.
Y por primera vez en mucho tiempo, Renata comprendió que algunas historias de amor no terminan cuando alguien se va.
Empiezan el día en que uno deja de aceptar que lo traicionen.