Eso fue lo primero que escuchó cuando abrió la puerta lateral de su propia casa en San Ángel, al sur de la Ciudad de México.
Había regresado dos días antes de un viaje de trabajo a Guadalajara.
Quería sorprender a Sebastián con una cena sencilla, un pastel de tres leches de la pastelería que tanto le gustaba y una botella de vino que había comprado durante el viaje.
Pero apenas cruzó el pasillo del jardín, se quedó completamente inmóvil.
Su patio parecía el escenario de una boda sacada de una revista.
Decenas de velas blancas iluminaban el césped.
Mesas redondas cubiertas con manteles de lino ocupaban toda la terraza.
Copas de cristal brillaban bajo las luces colgantes.
Un cuarteto de cuerdas afinaba sus instrumentos junto a la enorme jacaranda que cada primavera llenaba el jardín de flores moradas.
Y bajo un elegante arco cubierto con rosas color marfil —las mismas flores que Renata había elegido meses atrás para celebrar su aniversario— estaba Sebastián.
Tomaba de las manos a Paola, la mujer que durante quince años había llamado su mejor amiga.
Paola llevaba un vestido blanco de satén perfectamente ajustado, un delicado velo sobre el cabello y unos pendientes de perlas.
Renata reconoció esas perlas al instante.
Habían pertenecido a su abuela.
Se las había prestado a Paola hacía medio año porque ella le aseguró que las necesitaba “solo para una cena importante con unos clientes”.
Durante varios segundos nadie dijo absolutamente nada.
Después, la madre de Sebastián dejó lentamente su copa de champaña sobre la mesa y sonrió con absoluta tranquilidad.
—Renata… no debías regresar hasta el domingo.
La maleta cayó al piso.
Sebastián palideció.
Paola, en cambio, no perdió la sonrisa.
Apretó la mano de Sebastián y miró a Renata con esa expresión de falsa compasión que tantas veces había usado mientras la consolaba por las constantes ausencias de Sebastián, por las reuniones nocturnas, los mensajes borrados y las interminables excusas.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó Renata.
Sebastián tragó saliva.
—Podemos hablar dentro de la casa.
Paola negó lentamente con la cabeza.
—Ya no tenemos por qué seguir escondiéndonos.
Los invitados comenzaron a murmurar.
Casi todos pertenecían a la familia de Sebastián, empresarios cercanos a su padre y personas que durante años habían tratado a Renata como si fuera simplemente la mujer que pagaba todo mientras ellos se llevaban el reconocimiento.
Paola levantó orgullosamente la barbilla.
—Sebastián y yo decidimos elegir nuestra felicidad.
Renata sintió un nudo en la garganta.
No era únicamente la traición.
Esa herida llevaba meses creciendo silenciosamente.
Lo que realmente la destrozó fue mirar alrededor.
Toda la recepción estaba montada en la terraza de su casa.
La decoración había sido pagada con la tarjeta de su empresa.
El sistema de sonido estaba conectado al equipo inteligente que ella había instalado.
El enorme pastel llevaba las iniciales S & P.
Descansaba sobre la isla de mármol que Renata había comprado cuando fundó su despacho de consultoría financiera.
No solo le habían robado al hombre con quien pensaba casarse.
También la habían obligado a pagar la boda.
Fue entonces cuando vio la mesa colocada junto al altar.
Había una carpeta color beige.
Una pluma fuente dorada.
Y varios documentos perfectamente acomodados.
En la primera hoja podía leerse claramente:
Cesión de derechos patrimoniales.
Paola notó hacia dónde dirigía la mirada y soltó una pequeña carcajada.
—Pensábamos explicártelo después de la luna de miel. Sebastián decía que al principio harías un drama… pero al final terminarías aceptándolo.
El padre de Sebastián avanzó un paso.