Vestía un elegante traje gris y sonreía como quien ya se siente dueño de todo.
—Renata, no compliques las cosas. Sebastián ha dedicado años a esta familia. Tú no tienes hijos, ni herederos. Lo más sensato es que esta propiedad quede en manos de alguien que realmente pueda administrarla.
Renata sostuvo su mirada.
—Esta casa pertenecía a mi abuela.
—Pertenecía —corrigió su futura exsuegra con frialdad—. Todo cambia.
Finalmente Sebastián decidió hablar.
—Rena… por favor. No hagas una escena delante de todos.
—¿Una escena?
—Solo vas a terminar humillándote tú sola.
Aquellas palabras fueron más dolorosas que cualquier grito.
Durante años había llorado encerrada en baños, estacionamientos y habitaciones de hotel.
Había soportado promesas incumplidas.
Había creído las mentiras que Sebastián inventaba mientras Paola fingía escucharla como una amiga leal.
Pero en ese instante ya no quedaba espacio para la duda.
Todo estaba completamente claro.
Renata sacó lentamente su teléfono celular.
Sebastián frunció el ceño.
—¿A quién piensas llamar?
Ella desbloqueó la pantalla con absoluta tranquilidad.
—Perfecto.
Paola entrecerró los ojos.
—¿Perfecto?
Renata recorrió con la mirada el jardín.
Las flores.
Las velas.
El vestido blanco.
Los pendientes de su abuela.
La carpeta.
Los documentos.
La enorme mentira disfrazada de boda.
Después sonrió.
—Entonces… ninguno de ustedes sabe lo que hice antes de entrar.
Sebastián dio un paso hacia ella.
—Dame el teléfono.
—No vuelvas a tocarme.
El padre de Sebastián hizo una seña a dos guardias privados.
—Sáquenla de aquí. Este evento es privado.
Renata dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.
—¿Privado?
Miró lentamente alrededor.
—No cuando ocurre dentro de mi propia casa.
En ese preciso instante…
Del otro lado del portón principal comenzaron a escucharse varios motores.
Las conversaciones se apagaron por completo.
Sebastián volteó lentamente.
Paola perdió el color del rostro.
Tres camionetas negras de lujo entraron una detrás de otra por la entrada principal.
Renata levantó el teléfono, observó a todos los presentes y dijo con absoluta serenidad:
—Llegaron justo antes de que alguien cometiera el peor error de su vida… firmar esa última hoja.