Solo un brillo impecable bajo las luces del jardín.
Los músicos dejaron de tocar.
El silencio fue tan profundo que incluso podía escucharse el chisporroteo de las velas.
Sebastián dio un paso hacia atrás.
—¿Qué hiciste, Renata?
Ella guardó el teléfono en el bolsillo de su saco.
—Lo único que una persona sensata hace cuando descubre que intentan robarle la vida… prepararse.
Las puertas de las camionetas se abrieron casi al mismo tiempo.
Primero descendieron dos hombres vestidos con traje oscuro.
Después una mujer de aproximadamente cincuenta años, cabello corto, lentes de marco negro y un portafolio de piel.
Finalmente apareció un hombre mayor de cabello completamente blanco.
Su sola presencia hizo que varios invitados comenzaran a susurrar.
—¿Ese no es…? —preguntó uno de los empresarios.
—No puede ser…
—Sí es él…
Renata caminó tranquilamente hacia el recién llegado.
—Licenciado Herrera.
El hombre sonrió.
—Buenas noches, ingeniera Renata.
Sebastián sintió un vacío en el estómago.
Reconocía perfectamente aquel rostro.
Era el notario que durante años había trabajado para algunas de las familias más poderosas de la Ciudad de México.
No acudía a fiestas.
No aparecía sin motivo.
Si estaba allí…
Era porque alguien iba a perder muchísimo más que una discusión.
El padre de Sebastián intentó recuperar la compostura.
—Disculpe, licenciado. Estamos celebrando una ceremonia privada.
El notario ni siquiera lo miró.
Abrió su portafolio lentamente.
—En realidad no.
Sacó una carpeta azul con varios sellos oficiales.
—Nos encontramos en el domicilio registrado bajo la escritura número cuatro mil ciento doce, propiedad exclusiva de la señora Renata Álvarez de la Torre.
Levantó la vista.
—Y existe una solicitud formal presentada hace exactamente cuarenta minutos para impedir cualquier acto de disposición patrimonial realizado mediante engaño o simulación.
Las palabras cayeron como piedras.
Paola perdió la sonrisa.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
La abogada que acompañaba al notario tomó la palabra.
—Significa que cualquier documento que intenten hacer firmar esta noche carecerá de validez mientras exista una investigación abierta por posible fraude, abuso de confianza y falsificación documental.
La madre de Sebastián soltó una risa nerviosa.
—Eso es absurdo.
La abogada abrió otra carpeta.
—¿Absurdo?
Mostró varias hojas.
—Tenemos mensajes, transferencias bancarias, grabaciones de voz y conversaciones donde ustedes planean convencer a la propietaria de transferir esta casa mediante manipulación emocional.
El rostro de Paola cambió por completo.
Miró a Sebastián.
—¿Tú dijiste que nadie tenía acceso a esos chats?
Él abrió mucho los ojos.
—Yo… yo los borré.
Renata sonrió apenas.
—Los borraste de tu teléfono.
No del mío.
Todos voltearon hacia ella.
—Hace tres meses empecé a sospechar.
Las reuniones.
Los viajes.
Las llamadas que terminaban cuando yo entraba.
Las respuestas idénticas que ustedes dos me daban.
No tenía pruebas.
Solo intuición.
Respiró profundamente.
—Así que contraté a un especialista en informática.
El padre de Sebastián sintió cómo el color desaparecía de su rostro.
—Eso es ilegal.
—No.
Respondió la abogada.
—Porque la información proviene de dispositivos pertenecientes a mi clienta y respaldos autorizados por ella.
Paola tragó saliva.
Renata continuó.
—Pensaba enfrentarte hace una semana.
Pero entonces encontré algo mucho peor.
Sacó otra carpeta de su bolso.
—Los estados de cuenta de mi empresa.
Los dejó sobre la mesa.