Regresé dos días antes de mi viaje… y encontré mi jardín convertido en una boda. Mi prometido estaba bajo el altar junto a mi mejor amiga vestida de blanco. Entonces levanté mi teléfono y dije: “Perfecto… ninguno de ustedes sabe lo que hice antes de entrar.”

—Durante dieciocho meses desaparecieron más de nueve millones de pesos.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Sebastián dio un paso atrás.

—Eso no tiene nada que ver.

—¿Seguro?

Renata levantó otra hoja.

—Las transferencias terminaron en una empresa recién creada.

Tecnologías RC.

RC.

Renata levantó lentamente la mirada.

—Rodrigo y Camila…

Perdón.

Sonrió con ironía.

—Supongo que ahora debería decir Sebastián y Paola.

Paola dejó escapar un jadeo.

—No puedes demostrar…

Renata colocó otro documento sobre la mesa.

—Aquí está el acta constitutiva.

Accionistas.

Sebastián Aguirre.

Sesenta por ciento.

Paola Domínguez.

Cuarenta por ciento.

Fecha de creación.

Dos semanas antes de que me propusieras matrimonio.

Nadie habló.

Absolutamente nadie.

Uno de los invitados tomó discretamente su celular.

Otro comenzó a alejarse del jardín.

Los empresarios presentes entendieron de inmediato el tamaño del problema.

Aquello ya no era una infidelidad.

Era un posible fraude millonario.

Sebastián intentó acercarse.

—Renata…

Déjame explicarte.

Ella retrocedió un paso.

—No.

Ahora me toca hablar a mí.

Durante años me hiciste creer que yo era exagerada.

Que desconfiaba demasiado.

Que necesitaba terapia.

Que Paola era como mi hermana.

Volteó hacia su antigua amiga.

—¿Recuerdas cuántas noches dormiste en esta casa?

Paola bajó la mirada.

—¿Recuerdas cuántas veces lloré frente a ti porque sentía que Sebastián ya no me quería?

Ninguna respuesta.

—Siempre me abrazabas.

Siempre me decías que yo estaba imaginando cosas.

Respiró profundamente.

—Mientras ya dormías con él.

Las lágrimas comenzaron a aparecer en los ojos de varios invitados.

No por compasión.

Sino por vergüenza.

La madre de Sebastián golpeó la mesa.

—¡Basta!

Todo eso no prueba que esta casa sea solo tuya.

El notario sonrió con serenidad.

—En realidad sí.

Sacó la escritura original.

—Existe un fideicomiso familiar constituido hace nueve años por la señora Emilia de la Torre.

La abuela de Renata.

El padre de Sebastián frunció el ceño.

—¿Fideicomiso?

—Correcto.

La propiedad jamás podía transferirse sin la autorización simultánea de tres personas.

Renata.

El notario.

Y el comité fiduciario.

Hizo una pausa.

—Ni siquiera la propia señora Renata podía regalar esta casa por sí sola.

El silencio fue absoluto.

Paola dejó caer lentamente la carpeta beige.

Sebastián abrió la boca sin emitir sonido.

—¿Entonces…?

—Exactamente.

Respondió el notario.

Todo este montaje…

No tenía ninguna posibilidad legal de funcionar.

Renata observó a Sebastián.

—¿Sabes por qué nunca te conté eso?

Él negó lentamente.

—Porque quería casarme con un hombre que me quisiera por mí.

No por lo que heredé.

Una lágrima resbaló finalmente por su rostro.

No era una lágrima de derrota.