—No sabes lo que te contó. Siempre exageró. Era difícil. Caprichosa. Enferma de atención. Desde niña inventaba cosas para castigarme.
Camila sintió que el corazón se le apretaba. Aquellas eran las mismas palabras de siempre. Las mismas que él usaba frente a médicos, maestras, familiares y empleados. “Camila es sensible.” “Camila se lastima sola.” “Camila quiere llamar la atención.” Durante años, esa versión había sido más fuerte que su verdad.
Damián giró apenas la cabeza hacia ella.
—No tienes que escuchar esto.
—Sí tengo —susurró Camila—. Pero esta vez no sola.
Ricardo soltó una risa nerviosa.
—Mira lo que hiciste, Damián. La pusiste en mi contra.
Camila levantó la vista.
—No. Tú me pusiste en tu contra la primera vez que me pegaste porque no sonreí bien en una cena.
El rostro de Ricardo se endureció.
—Cállate.
La palabra salió como un látigo. Durante un instante, Camila volvió a tener 9 años. Volvió a estar frente a un espejo, practicando una sonrisa falsa mientras su padre revisaba si el maquillaje cubría los moretones. Volvió a escuchar a su madre, ya muerta, diciéndole en voz baja que obedeciera para que todo pasara rápido.
Pero esa noche no bajó la cabeza.
—No me vuelvo a callar.
Damián sintió que algo se movía en su pecho. No era ternura simple. Era respeto. Camila estaba temblando de pies a cabeza, pero seguía de pie.
Ricardo intentó recuperar el control.
—Todo esto es ridículo. Tengo abogados. Tengo amigos en la Fiscalía. Tengo contactos en bancos. ¿Crees que puedes destruirme con amenazas de barrio?
Arturo salió de la sombra del hangar con una tablet en la mano.
—No hizo falta amenazar a nadie, señor Santillán. Usted mismo dejó suficientes rastros.
Ricardo palideció.
—¿Quién eres tú?
—Alguien que leyó sus cuentas mejor que sus contadores.
Damián extendió la mano. Arturo le entregó una carpeta plástica. Damián la abrió y dejó caer varias copias sobre el piso mojado: transferencias, contratos falsos, nombres de empresas fantasma, mensajes impresos, fotografías de reuniones.
—Tus cuentas en Islas Caimán fueron congeladas hace 2 horas —dijo Damián—. El dinero que intentabas mover ya no está bajo tu control.
Ricardo abrió la boca, pero no salió sonido.
—El fideicomiso de Camila fue protegido legalmente esta tarde —continuó Damián—. No podrás tocarlo. Ni tú, ni tus socios, ni los abogados que compraste.
—Eso es imposible.
—No para alguien que conoce a los mismos banqueros que tú, pero les da más miedo.
Ricardo miró a Camila con odio.
—Maldita desagradecida.
Damián avanzó medio paso. Vicente, desde atrás, también se tensó. Pero Camila levantó una mano. No quería que hablaran por ella.
—¿Desagradecida? —preguntó con una risa quebrada—. ¿De qué tenía que agradecerte? ¿De que me encerraras en mi cuarto cada vez que llegaba alguien importante? ¿De que me obligaras a usar manga larga en pleno verano? ¿De que me enseñaras a mentirle a los doctores?
Ricardo apretó los dientes.
—Yo te di todo.
—No. Me quitaste todo. Me quitaste la infancia. Me quitaste la voz. Me quitaste a mi mamá cuando la dejaste morir triste y aterrada en esa casa.
La mención de su madre atravesó el hangar como un relámpago. Ricardo miró alrededor, buscando aliados que ya no existían. Su piloto había desaparecido. Su escolta estaba retenido al fondo, sin violencia innecesaria, pero sin posibilidad de intervenir. Sus empleados no iban a llegar. Sus contactos no contestaban. Por primera vez, Ricardo Santillán estaba solo.
—Camila, hija —cambió el tono de golpe—. Estás confundida. Ese hombre te está usando. Él no te quiere. Es un criminal.
Ella miró a Damián. Sí, lo era. No había forma elegante de negarlo. Damián Rosales vivía en un mundo oscuro, manejaba hombres peligrosos y había hecho cosas que ninguna persona decente aplaudiría. Pero en 24 horas le había dado algo que su padre jamás le dio: una puerta cerrada, una pregunta antes de tocarla, y la posibilidad de elegir.
—Tal vez él sea un criminal —dijo Camila—. Pero tú eras mi papá.
Ricardo abrió la boca, fingiendo dolor.
—Yo hice lo que pude.
—No. Hiciste lo que quisiste porque nadie te detenía.
Arturo tocó la pantalla de la tablet. Un audio comenzó a escucharse desde una pequeña bocina. Era la voz de Ricardo, clara, arrogante, grabada años atrás por una empleada doméstica que había guardado silencio por miedo: