Abajo, en la biblioteca, Damián estaba reunido con Vicente, su mano derecha, y Arturo, un exanalista financiero que trabajaba para los Rosales. Sobre la mesa había estados de cuenta, fotografías, mapas de vuelos privados y documentos impresos.
—Ricardo no salió del país —informó Arturo—. Tiene un vuelo privado esta noche desde Toluca. Antes pasará por una caja de seguridad donde guarda claves para mover 50 millones de dólares.
—Ese dinero era de Camila —dijo Damián.
—Y de clientes estafados —añadió Arturo—. Pero dejó rastros. Muchos.
Vicente observó a Damián con cautela.
—Jefe, con Mateo era una deuda de sangre. Con la muchacha es otra cosa. Si se equivoca, nos cae encima medio gobierno.
Damián levantó la mirada.
—Esto dejó de ser negocio cuando vi la espalda de mi esposa.
En ese momento, la puerta se abrió. Camila apareció con una camisa grande de Damián que le cubría casi hasta las rodillas. Estaba pálida, pero su mirada ya no estaba vacía.
Los hombres bajaron la vista por respeto.
—Salgan —ordenó Damián.
Cuando quedaron solos, él se acercó solo hasta donde ella pudiera tolerarlo.
—Llamé a una doctora. Revisará tus heridas si tú aceptas. Nadie te obligará.
Camila respiró hondo.
—¿Por qué hace esto? Usted se casó conmigo para castigar a mi papá.
—Me casé contigo para destruir al hombre que mandó matar a mi hermano. Pero no sabía que también llevaba años destruyéndote a ti.
Ella miró la mesa llena de pruebas.
—¿Lo va a matar?
Damián sostuvo su mirada.
—Haré algo peor para un hombre como Ricardo Santillán. Le voy a quitar el dinero, el nombre, los amigos y la máscara.
Camila se quedó callada. Luego, por primera vez, dio un paso hacia él.
—Quiero estar ahí.
—No.
—Sí —dijo ella, con la voz temblorosa pero firme—. Toda mi vida tuve miedo de verlo enojado. Quiero verlo con miedo a él.
Damián la estudió. En sus ojos había dolor, pero también una pequeña chispa nueva, peligrosa, viva.
—Entonces dime qué quieres que le quite.
Camila apretó los labios.
—Todo.
Esa noche, mientras la lluvia caía sobre el hangar privado de Toluca, Ricardo Santillán abrazaba un maletín metálico y miraba nervioso hacia la pista. Creía que escaparía antes del amanecer.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—¿De verdad pensaste que vender a tu hija iba a salvarte dos veces?
Cuando Ricardo se giró y vio a Camila parada junto a Damián Rosales, entendió que la boda no había sido el final de su crimen.
Había sido el principio de su caída.
PARTE 3
Ricardo Santillán soltó el maletín por un segundo, pero enseguida volvió a aferrarse a él con ambas manos. La lluvia le empapaba el cabello cuidadosamente peinado y hacía brillar sus zapatos italianos sobre el cemento oscuro del hangar.
—Camila —dijo, intentando sonar indignado, como si todavía tuviera autoridad sobre ella—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Camila no respondió de inmediato. Damián estaba a su lado, sin tocarla, pero lo bastante cerca para que ella sintiera que, si el mundo volvía a venírsele encima, no estaría sola.
Ricardo miró a Damián.
—Teníamos un acuerdo.
—Sí —contestó Damián—. Tú me entregabas a tu hija, su fideicomiso y tu silencio. Yo te dejaba vivir lejos.
Ricardo tragó saliva.
—Entonces déjame ir.
Damián dio un paso al frente. No levantó la voz. No lo necesitaba.
—El acuerdo cambió cuando descubrí qué clase de padre eres.
Por primera vez, Ricardo miró a Camila no como hija, sino como amenaza. Sus ojos bajaron hacia la camisa larga, hacia la postura tensa, hacia la manera en que ella protegía su cuerpo incluso bajo la lluvia.
Y aun así, tuvo el descaro de sonreír.