PARTE 1
—Tu papá te acaba de vender para salvar su pellejo —le susurró Damián Rosales a la novia, sin besarla en los labios—. Bienvenida al infierno, señora Rosales.
Camila Santillán no respondió. Ni siquiera levantó la mirada. Solo cerró los ojos, como si aquella frase no la hubiera sorprendido, como si desde hacía años ya viviera en un infierno peor.
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La boda se celebró un viernes de julio, en una capilla antigua de Coyoacán cerrada al público y rodeada por camionetas negras. Afuera, el calor de la Ciudad de México derretía el pavimento; adentro, los invitados fingían solemnidad mientras murmuraban entre ellos. Empresarios, abogados, políticos discretos y hombres con rostros demasiado serios ocupaban las bancas como si no estuvieran presenciando una boda, sino una sentencia.
Damián Rosales, de 34 años, no era un novio común. Dueño de constructoras, bodegas en Veracruz y transportes en todo el centro del país, había heredado algo más oscuro que dinero: el control de una familia temida, respetada y nunca mencionada en voz alta. Su hermano menor, Mateo, había aparecido muerto 2 meses antes en una carretera rumbo a Puebla. La prensa habló de un asalto. Damián supo desde el primer día que había sido una orden.
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En menos de 48 horas, sus hombres siguieron el rastro del dinero hasta Ricardo Santillán, un financiero elegante de Santa Fe, rostro habitual en revistas de negocios y eventos de caridad. Ricardo había pedido millones a los Rosales para tapar un fraude que estaba a punto de explotar. Cuando Mateo fue a cobrar, Ricardo entró en pánico y contrató a unos delincuentes de poca monta para quitarlo de en medio.
El error fue no saber a quién estaba matando.
La noche en que Damián lo enfrentó, Ricardo terminó de rodillas en un salón privado de un club de Polanco, con el traje arrugado, la cara hinchada y la voz rota.
—No sabía que era tu hermano, Damián. Te lo juro. Ya no tengo nada. Mis cuentas están congeladas. La Fiscalía me está respirando en la nuca. Pero tengo a mi hija.
Damián lo miró con asco.
—¿Me estás ofreciendo a tu hija para pagar una muerte?
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—Camila tiene 22 años. Es hermosa. Mi padre le dejó un fideicomiso que nadie puede tocar. Se libera cuando se case. Cásate con ella. Quédate con todo. Solo déjame vivir.
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Damián debió matarlo ahí mismo. Pero el dolor por Mateo le nubló el juicio. Pensó que casarse con la hija del hombre que había destruido a su familia sería una venganza más lenta y cruel. Le quitaría a Ricardo su última posesión. Su apellido, su orgullo, su heredera perfecta.
Por eso Camila estaba ahora frente al altar, vestida como una muñeca antigua. Llevaba un vestido de encaje pesado, cuello alto hasta la garganta y mangas largas hasta las muñecas. Nadie entendía por qué se cubría tanto con ese calor. Damián lo interpretó como arrogancia.
“Ni siquiera quiere que la toque”, pensó.
Durante los votos, la voz de Camila fue apenas un hilo. Sus manos estaban heladas cuando Damián le colocó el anillo. Temblaban tanto que él tuvo que sostenerle los dedos.
Esa noche, en la mansión Rosales de Lomas de Chapultepec, Damián la mandó a la habitación principal. No pensaba tocarla a la fuerza. No era ese tipo de monstruo. Pero sí quería que entendiera que su vida de princesa se había acabado.
Cuando entró, Camila estaba de espaldas, intentando desabotonarse el vestido. Sus dedos temblaban sobre una fila interminable de pequeños botones de perla.
—No puedo quitármelo —dijo con voz quebrada—. Dame un minuto, por favor.
—¿Qué pasa, princesa? ¿No tienes sirvientas aquí para vestirte y desvestirte?
Ella retrocedió.
—No me toque. Por favor. Yo puedo sola.
Damián apretó la mandíbula. Tomó sus hombros y la giró.
Camila soltó un grito ahogado. Jaló hacia adelante con desesperación. El encaje viejo no resistió. El vestido se rasgó desde el cuello hasta la espalda baja y cayó de sus hombros.
Damián se quedó inmóvil.
La espalda de Camila no era la de una heredera mimada. Era un mapa terrible de cicatrices viejas, marcas recientes y heridas mal curadas.
Ella cayó de rodillas, cubriéndose como pudo con la tela rota.
—Perdón… perdón… no me pegue con el cinturón, por favor. Voy a portarme bien.
Y por primera vez en años, Damián Rosales sintió que el verdadero monstruo no estaba frente a él, sino libre en alguna parte de la ciudad.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrir.
PARTE 2
Damián se arrodilló despacio frente a Camila, cuidando de no acercarse demasiado. Su ira, esa furia que normalmente destruía a cualquiera que se le pusiera enfrente, se quedó congelada en la garganta.
La mujer temblaba en el piso, encogida como si esperara un golpe inevitable. Ya no parecía la hija altiva de un millonario. Parecía una niña que había aprendido a sobrevivir sin hacer ruido.
Damián se quitó el saco y lo colocó sobre sus hombros con una delicadeza que ni él mismo reconoció.
—Camila —dijo, más bajo—. Mírame.
Ella abrió los ojos apenas. Los tenía llenos de terror.
—¿Quién te hizo esto?
Camila tragó saliva. Sus dedos se aferraron al saco como si fuera lo único que la separaba del mundo.
—Mi papá.
La respuesta no sorprendió a Damián, pero lo partió por dentro.
—Cuando algo salía mal en la empresa, era mi culpa. Cuando perdía dinero, era mi culpa. Cuando tenía que sonreír en una foto y yo no sonreía bien, también era mi culpa. Me decía que nadie iba a creerme porque él era Ricardo Santillán y yo solo era una hija malagradecida.
Damián cerró los ojos. Había creído que Ricardo le había entregado a una princesa para pagar una deuda. En realidad, se había deshecho de su víctima favorita.
—Me dijo que usted era peor que él —susurró Camila—. Que me iba a matar lentamente. Que ese era mi castigo final.
Damián se puso de pie. Su rostro cambió. Ya no era el hombre que había subido a humillarla. Era alguien mucho más peligroso.
—Tu padre acertó en una cosa —dijo—. Soy un monstruo. Pero no soy tu monstruo.
Camila lo miró sin entender.
—Yo protejo lo que está bajo mi techo. Y tú estás bajo mi techo.
A la mañana siguiente, Camila despertó sola en una cama enorme. Sobre el buró había agua, medicinas y una nota escrita a mano:
“Estás a salvo. Nadie entrará sin tu permiso. Damián.”
Durante 22 años, nadie le había pedido permiso para nada.