—No pregunté eso —insistió Lucía—. Pregunté si le gusta.
Ana suspiró.
—No sé todavía qué siento. Pero sé que aquí me he sentido segura.
Lucía bajó la mirada.
—Yo no me enojaría si se quedara.
Ana la miró en silencio, y por primera vez sus ojos se humedecieron.
Faltaban pocos días para que naciera el bebé cuando, de madrugada, Mateo escuchó un quejido en el pasillo. Encontró a Ana apoyada en la pared, respirando distinto.
—Es hora —dijo ella.
En menos de diez minutos, la vieja camioneta avanzaba por el camino oscuro hacia el hospital, mientras el silencio de la noche se llenaba de un solo pensamiento: que todo saliera bien.
En menos de diez minutos ya iban rumbo al hospital del pueblo en la camioneta vieja. Lucía, terco reflejo de su padre, se negó a quedarse sola.
En la sala de espera, las luces blancas les dejaron la cara pálida y el corazón apretado. Lucía tomó el brazo de Mateo.
—Va a salir bien.
—Sí —respondió él, aunque la palabra le pesaba.
El bebé nació a las cinco cuarenta y dos de la mañana. Niño. Cuando la enfermera salió a avisar que ambos estaban bien, Lucía sonrió con triunfo.
—Yo sabía.
A Ana le permitieron ver primero a Mateo. Él entró despacio. La encontró agotada, sudorosa, con el cabello pegado a la frente y una paz nueva en la cara. El bebé dormía envuelto en una cobijita rayada.
Mateo no dijo nada. Se quedó quieto mirándolos, como si le faltaran palabras y le sobrara verdad.
Cuando pasó Lucía, tomó al recién nacido con una solemnidad que no parecía propia de sus diez años.
—Parece un Pedro —dijo.
Ana rió, cansada.
—¿Pedro?
—Sí. Es nombre fuerte.
Y así se llamó.
Volvieron al rancho convertidos en algo que todavía nadie se atrevía a nombrar. Lucía aprendió a cargar a Pedro, a reconocer sus llantos, a mecerlo con un movimiento exacto. Ana, aunque agotada, se veía más ligera. Mateo observaba desde la puerta, desde el corredor, desde el borde de todo. Nunca en el centro. Pero cada vez más cerca.
Una tarde, una semana después, Lucía estaba acomodando la cobija de Pedro en el sofá. Ana la ayudaba. Sin pensar, la niña soltó:
—Mamá, sujétale aquí la cabeza…
El silencio fue inmediato.
Lucía se quedó roja. Ana la miró como si le hubieran abierto una herida y se la hubieran curado al mismo tiempo. Mateo, que fingía revisar unas cuentas, se levantó con los ojos brillosos.
—Voy al corral —murmuró.
Salió porque no supo hacer otra cosa.
En el corral entendió que no sentía traición. Sintió continuidad. La vida no estaba borrando a su esposa muerta. Estaba haciendo espacio para alguien nuevo.
Esa noche, bajo la luz fría de la luna, se sentó con Ana en el corredor.
—Nunca le había dicho así a nadie —murmuró.
—Lo sé.
Mateo la miró de frente, sin desviar los ojos por primera vez.
—No sé hacer esto bien. Hace mucho que no sé.
Ana apretó la taza entre las manos.
—Yo tampoco. Pero también lo estoy intentando.
Pasaron los meses. El cariño entre ellos creció como crece el maíz: primero por debajo de la tierra, donde nadie lo ve, y luego un día ya está alto. Mateo se quedaba más rato en la mesa después del desayuno. Ana le ponía el plato y a veces le dejaba la mano un segundo más en el hombro. Lucía dejó de subir al jacarandá para pensar y volvió a subir solo porque le gustaba.
Entonces Ana volvió a quedar embarazada.
Cuando se lo dijo a Mateo en la huerta, él guardó silencio tanto que a ella se le heló el pecho. Pero al final dio un paso adelante, le tocó la cara con la mano llena de tierra y dijo:
—Está bien. Todo está bien.
Ella lloró de alivio, y él la abrazó en medio de los surcos recién sembrados.
Pero el miedo volvió. Mateo empezó a encerrarse otra vez en sí mismo. Había perdido a su esposa al dar a luz años atrás, y la idea de volver a pasar por eso le apretó el alma como un puño. Lucía fue quien lo enfrentó.
Lo encontró arreglando una bisagra del granero.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
Mateo tardó en responder.
—Sí.
Lucía puso su mano pequeña sobre el brazo de él.