—Papá… hay alguien en la entrada.
Mateo alzó la vista. En medio del portón de madera había una mujer sola. No avanzaba, no retrocedía. Llevaba una maleta vieja de cuero, una mochila pesada y un vestido floreado color rosa que apenas lograba cubrirle el vientre enorme. Estaba embarazada de muchos meses. Tenía polvo en las sandalias, en las piernas y en las manos. Se veía agotada, pero no derrotada.
Lucía se pegó al brazo de su padre.
Mateo caminó hasta el portón con paso lento. Cuando estuvo frente a ella, vio que era joven, demasiado joven para cargar sola con tanto. Cabello oscuro, ojos cansados y una dignidad que no se había roto ni con el camino.
—Buenas tardes —dijo él.
—Buenas tardes, señor.
Ella tragó saliva y habló sin rodeos:
—Si usted me deja quedarme… yo cocino.