Mi hija de 9 años me llamó desde el hospital y susurró: —Papá… mamá me vio mientras mis tíos me golpeaban. Luego cerró la cortina. Cuando llegué, la familia de mi exesposa ya había dicho a la policía que todo había sido un accidente. No discutí. Esa misma noche recibí un video de un número desconocido. Debajo había un mensaje de una niña de 16 años: —Tu hija no fue la primera.

—Rodrigo y Esteban no van a pisar una cárcel.

Seguí callado.

—Arturo conoce al fiscal regional, al jefe de policía y a suficientes jueces como para enterrarte en papeles durante 10 años.

Miré a Valeria dormida.

—¿Terminó?

Paulina soltó una risa.

—Llévate a la niña cuando salga del hospital y agradece que Verónica no esté peleando por conservar la custodia.

Sentí que algo frío me recorría la espalda.

—¿Eso es todo?

—No.

Su voz cambió.

—Rodrigo está furioso.

Me levanté de la silla.

—¿Por qué?

—Porque la niña abrió la boca.

Paulina hizo una pausa.

—Si conviertes esto en un escándalo, tal vez la próxima vez Rodrigo no se detenga.

Colgó.

Me quedé mirando la pantalla.

Durante unos segundos pensé en ir a la casa de los Alcázar.

Pensé en Rodrigo.

Pensé en mis manos alrededor de su cuello.

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