MI ESPOSO ME LLAMÓ REPUGNANTE POR LAS CICATRICES QUE ME DEJÓ EL INCENDIO DEL QUE LO SALVÉ, Y SU AMANTE ORGANIZÓ UNA GALA DONDE TODAS DEBÍAMOS LLEVAR LA ESPALDA DESCUBIERTA, SIN IMAGINAR QUE EL DUEÑO MILLONARIO DE LA EMPRESA LLEGARÍA TOMADO DE MI BRAZO.
—Valeria, das asco. Nadie debería tener que verte así.
Mi esposo pronunció aquellas palabras con la misma tranquilidad con la que cualquier otro marido pediría que compraran leche antes de regresar a casa. Se inclinó sobre mi escritorio, en el departamento de finanzas de Transportes Altamar, y habló lo suficientemente bajo para que mis compañeros no lo escucharan.
Después se acomodó la corbata, saludó amablemente a una empleada de contabilidad y se alejó como si no acabara de destrozarme por dentro.
Me llamo Valeria Salcedo, tengo treinta y cuatro años y llevaba cinco viviendo con cicatrices que cubrían buena parte de mi espalda. Durante mucho tiempo creí que aquellas marcas eran el precio de haber salvado la vida del hombre que amaba. Lo que nunca imaginé fue que ese mismo hombre terminaría utilizándolas para humillarme.