Capítulo 2: La muñeca

El agarre de Derek era fuerte. Veinticinco kilos más que Ryan, manos como tenazas.

Pero una muñeca agarrada es una invitación, si sabes leerla.

No pensé. Mi cuerpo pensó por mí.

Giré la cadera, bajé el centro de gravedad y roté la muñeca hacia su pulgar —el punto débil de cualquier agarre—. Su mano se abrió sola. Antes de que pudiera reaccionar, ya tenía su muñeca doblada en un ángulo que la anatomía no perdona, y su cuerpo seguía el dolor hacia abajo.

Derek terminó de rodillas sobre la tarima, con el brazo retorcido a su espalda y mi mano en su muñeca. No apreté más de lo necesario. Solo lo suficiente.

El jardín quedó en silencio absoluto. Solo se oía el chisporroteo de la parrilla y la respiración agitada de Derek.

Marissa gritaba: “¡Derek! ¡Dios mío! ¡Suéltalo!”

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