Como si alguien le hubiera devuelto una llave.
A partir de ese día empecé a buscar cosas.
Fotos.
Cartas antiguas.
Recibos.
Herramientas.
Pequeños restos de nuestra vida.
Encontré una caja en el armario de su habitación.
Dentro había dibujos míos del colegio, notas de profesores, una entrada de cine de cuando cumplí doce años, una pulsera de plástico de una excursión y una redacción doblada en cuatro.
La abrí con cuidado.
Era mía.
El título decía:
“Mi héroe.”
La letra era torpe, infantil.
Hablaba de mi padre.
Decía que no tenía capa, pero sabía arreglar bicicletas.
Decía que olía a aceite del taller.
Decía que hacía tortillas quemadas, pero me dejaba el trozo menos quemado a mí.