Entonces Patricia señaló el nombre del titular de aquella cuenta.
No era Diane.
Tampoco Robert.
Era Margaret Lane.
Mi propia hija.
Y cuando levanté la mirada, ella estaba observándome desde el otro lado de la habitación.
Ya no lloraba.
Su rostro había cambiado completamente.
—Mamá —dijo en voz baja—, hay algo que todavía no sabes sobre el dinero de papá.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué cosa?
Margaret miró a Robert antes de responder.
—Papá no murió dejando solamente el seguro de vida. Había otra cuenta, y tú nunca supiste que existía.
En ese instante comprendí que el robo de los 61 000 dólares podía esconder un secreto mucho más antiguo.
Y Patricia, después de revisar el último documento, pronunció unas palabras que jamás olvidaré:
—Eleanor, creo que tu esposo descubrió algo sobre tu hija antes de morir… y dejó pruebas para protegerte.