Mi hermana Megan entró a casa de mi mamá riéndose de un video en su celular. Eran las 6:18 de la tarde y mi hija Lily, de apenas cinco años, no venía con ella. Cuando le pregunté dónde estaba mi niña, soltó una frase que todavía me despierta por las noches:
—Ay, se me olvidó tu hija en el supermercado.
Mi mamá ni siquiera dejó de acomodar los cojines del sillón.
—Elena, no exageres. Los niños se distraen y se pierden a cada rato.
Miré a Megan, esperando que dijera que era una broma. Pero volvió a mirar su teléfono.
Aquella tarde estábamos preparando la cena de cumpleaños de mi mamá, en Querétaro. Megan había salido con Lily poco después de las cuatro para comprar lo que faltaba en Oakridge Market. Le había prestado mi coche porque el suyo estaba en el taller.