Había más personas implicadas.
Mi compañía perdió el proyecto.
También perdió millones.
Yo perdí el empleo.
Por primera vez en veinte años me dio igual.
Porque para entonces Mariana estaba muriendo.
No murió en Cancún.
Quiso volver a Mérida, donde había nacido.
Rentamos una pequeña casa.
Digo “rentamos” porque durante sus últimas siete semanas volví a vivir con ella.
No como marido.
No exactamente.
Dormíamos en habitaciones separadas.
Hasta que dejó de importar.
Una noche me preguntó:
—¿Te arrepientes de haberte quedado?
—No.
—Te dije que no quería compasión.
—No estoy aquí por compasión.
—¿Entonces?
Pensé.
—Porque me quitaste tres años y luego intentaste quitarme el final.
No voy a dejarte.
Ella sonrió.
—Qué romántico.
—Cállate.
A veces hablábamos del divorcio.
No para lamentarlo.
Era necesario.
Eso también lo aceptamos.
No teníamos que fingir que deberíamos haber permanecido casados.