PARTE 1
Diego y Mariana llevaban 3 años casados cuando la noticia que tanto anhelaban iluminó sus vidas. Vivían en un modesto pero cálido departamento en la colonia Roma Norte, en el corazón vibrante de la Ciudad de México. Diego era técnico en refrigeración, un hombre que se partía el lomo en jornadas de 12 horas, mientras Mariana pasaba sus días entre el olor a masa y azúcar, ayudando en la tradicional panadería de su tía en Coyoacán. Años atrás, habían enfrentado la terrible tragedia de perder un embarazo, un fantasma doloroso que ambos barrieron bajo la alfombra. Pero ahora, el destino les daba una nueva y esperanzadora oportunidad.
El embarazo avanzó con normalidad hasta llegar a los 6 meses. El vientre de Mariana crecía sano, pero, de forma abrupta, la luz de sus ojos se apagó. Su comportamiento dio un giro tan extraño y perturbador que la paz de su hogar se fracturó por completo.
Mariana se atrincheró en su habitación y se negaba a bajar de la cama.
Desde las 7 de la mañana hasta la medianoche, permanecía recostada de lado, cubierta rígidamente con una manta gruesa desde el pecho hasta la punta de los pies, ignorando el calor primaveral de la capital. Si Diego le preparaba chilaquiles o le traía pan dulce fresco, ella desviaba la mirada, con los labios apretados, rechazando cualquier bocado.
El misterio dio paso a la tensión. En las reuniones familiares, la madre de Diego empezó a sembrar un veneno silencioso: sugería que Mariana tenía un amante, o peor, que su mente se había quebrado y estaba rechazando al bebé. Diego, agotado por los turnos extra y carcomido por la duda, empezó a ceder ante la paranoia. Su esposa ni siquiera iba al baño a menos que estuviera completamente sola, arrastrándose a escondidas. ¿Acaso ocultaba algo más siniestro? ¿Marcas de otro hombre? ¿Un vicio imperdonable?