El límite llegó 1 noche de tormenta. Diego entró al departamento pasadas las 9. El lugar estaba en penumbras. Mariana yacía inerte, aferrada a su cobija con los nudillos blancos de tanta presión.
—¡Se acabó! —estalló Diego, arrojando sus llaves contra la mesa con un estruendo que hizo vibrar los cristales—. ¡Llevas 15 días tratándome como a un extraño! No comes, no hablas, no me dejas tocar a mi propio hijo. ¡Dime qué demonios está pasando o me largo de esta casa ahora mismo!
Mariana tembló violentamente. Un sollozo desgarrador brotó de su garganta.
—No… Diego, te lo ruego… no mires —suplicó ella, encogiéndose como un animal acorralado, protegiendo su vientre.
Pero los celos y la desesperación ya habían cegado al técnico. Ignorando las lágrimas de la mujer que amaba, se abalanzó sobre el colchón. Con un movimiento violento, tiró de la pesada tela hacia atrás de 1 solo impacto.
La dantesca imagen que apareció frente a sus ojos lo dejó petrificado, derrumbando todas sus crueles teorías en 1 segundo. Era imposible creer lo que estaba a punto de desencadenarse…
PARTE 2
Las piernas de Mariana no parecían pertenecer a un ser humano. Estaban monstruosamente hinchadas, deformadas hasta el punto de que la frágil piel parecía a punto de reventar. Desde las rodillas hasta los tobillos, un espeluznante mapa de hematomas de tonos púrpuras, negros y amarillentos cubría su carne. En la zona de las pantorrillas, unas alarmantes manchas rojizas indicaban una infección severa o un colapso circulatorio inminente. El hedor sutil a enfermedad flotaba en el ambiente de la habitación.
Diego retrocedió 2 pasos, chocando contra el buró. El aire abandonó sus pulmones de golpe. Todas las crueles sospechas de infidelidad y locura que su madre le había metido en la cabeza se desintegraron, siendo reemplazadas instantáneamente por un asfixiante y aplastante golpe de culpa.
—¡Dios santo, Mariana! —exclamó él, cayendo de rodillas junto a la cama, con las manos temblando sobre su propio rostro—. ¿Qué te pasó? ¿Por qué… por qué no me dijiste nada?
Mariana rompió en un llanto histérico, abrazando su vientre de 6 meses con desesperación, tratando de cubrir sus piernas heridas de nuevo.
—¡Tenía mucho miedo! —gritó ella, con la voz desgarrada por los días de agonía silenciosa—. Empezó hace 2 semanas… un dolor espantoso. Pero me acordé de la otra vez, Diego. Me acordé de la clínica fría, de la sangre, de cuando el doctor nos dijo que el bebé ya no tenía latido porque yo me había esforzado demasiado en la panadería. Pensé que si me quedaba completamente quieta… si no movía ni 1 solo músculo, si aguantaba el dolor… mi bebé se iba a salvar. ¡No quería que me llevaras al hospital para que me dijeran que lo habíamos perdido otra vez!
El peso aplastante de esas palabras destrozó el alma de Diego. El trauma de aquel primer embarazo perdido, ese luto desgarrador que nunca procesaron por hacerse los fuertes, había empujado a su esposa a soportar una tortura física indescriptible, convencida de que su inmovilidad absoluta era el único escudo para proteger a su hijo.
Sin perder 1 segundo más, Diego tomó su celular y marcó al número de emergencias. Su voz era apenas un hilo irregular cuando dio la dirección exacta en la colonia Roma Norte.
—Mi esposa… tiene 6 meses de embarazo… sus piernas están negras, no puede caminar, por favor, se los ruego, vengan ya… —tartamudeó, ahogándose en lágrimas.
En menos de 15 minutos, el sonido penetrante de las sirenas rasgó la noche lluviosa de la Ciudad de México. Los paramédicos irrumpieron en el pequeño departamento. Al ver el estado crítico de Mariana, sus rostros adoptaron una expresión de extrema gravedad. La subieron a la camilla con maniobras de alta precisión, canalizándole 1 vía intravenosa en el pasillo mismo.
Durante el caótico trayecto en la ambulancia hacia el Hospital Ángeles del Pedregal, la lluvia golpeaba los cristales con furia. Diego iba sentado en 1 rincón, aferrando la mano helada de su esposa. Ella apenas lograba mantener los ojos abiertos.
—Salven a mi hijo… —murmuraba Mariana, delirando por la intensa fiebre que acababa de aparecer—. No me importa lo que me pase a mí. Salven a mi niño.
—No hables así, mi amor —sollozaba Diego, besando sus nudillos, odiándose profundamente por haberle gritado, por haber dudado de su lealtad—. Los 2 van a estar bien. Te lo juro por mi vida entera.
Al cruzar las grandes puertas de urgencias, el caos hospitalario los devoró. Las camillas rodaban a toda velocidad, las luces fluorescentes cegaban y un equipo de 4 enfermeros y 2 médicos se llevaron a Mariana tras unas puertas abatibles blancas donde a Diego se le prohibió estrictamente el paso.