Alexander Hayes permaneció inmóvil en medio del dormitorio vacío.
Abrió el armario una segunda vez.
Nada.
Los vestidos de Emily habían desaparecido.
También los pequeños zapatos rosados de Grace.
Y sobre la cómoda, donde antes descansaba la urna blanca de nuestra hija, solo quedaba una marca circular en el polvo.
—No puede haberse llevado a Grace —murmuró.
Su asistente, Thomas, guardó silencio al otro lado del teléfono.
—Señor Hayes, la señora Emily ya llegó a Toronto.
—Reserva el primer vuelo.
—Señor, ella dejó instrucciones expresas de que no desea recibirlo.
Alexander apretó los dientes.
—¡Es mi esposa!
Thomas respondió con voz cautelosa:
—Señor, también dejó una solicitud de divorcio con su abogado.
Mientras tanto, yo estaba sentada frente a la ventana de un apartamento en Toronto.
Sobre mis rodillas descansaba el conejo de peluche de Grace.
Todavía conservaba una pequeña mancha de chocolate en una oreja.