El hombre al que todos esperaban enterrar movió lentamente una mano y cerró los dedos alrededor de la pequeña cobija que cubría al bebé.
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Mariana se quedó inmóvil.May be an image of baby, sleepwear and bedroom
Durante varios segundos no supo si había visto realmente aquel movimiento o si el cansancio estaba jugando con su mente.
Llevaba horas despierta.
Su hijo Leo tenía apenas nueve meses y había pasado buena parte de la noche llorando por la fiebre que acompañaba la salida de sus dientes.
La enorme mansión de Bosques de las Lomas estaba prácticamente en silencio.
Los empleados dormían.
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Los guardias permanecían en los accesos.
Y en la habitación principal, Gonzalo Alcázar llevaba casi dos meses acostado en una cama, completamente inmóvil.
Los médicos habían dicho que su estado era irreversible.
Según ellos, al empresario de cuarenta y seis años le quedaban apenas unos días de vida.
Su familia ya hablaba del funeral.
Su sobrino Mauricio incluso había comenzado a discutir detalles de la sucesión.
Pero aquella noche, mientras Mariana intentaba tranquilizar a Leo, algo imposible ocurrió.
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Los dedos de Gonzalo se movieron.
Ella se acercó lentamente.
—¿Señor Gonzalo?
El hombre no respondió.
Mariana tragó saliva.
Entonces vio que uno de sus párpados temblaba.
Se inclinó todavía más.
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—¿Puede escucharme?
Un parpadeo.
Mariana sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
No estaba inconsciente.
No estaba completamente desconectado del mundo.
Estaba atrapado dentro de su propio cuerpo.
Durante los siguientes minutos, Mariana descubrió una forma rudimentaria de comunicación.
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Un parpadeo significaba sí.
Dos significaban no.
Mirar hacia la puerta significaba que alguien estaba acercándose.
Mover ligeramente un dedo significaba que necesitaba que ella esperara.
Mariana no podía entender cómo nadie más había descubierto aquello.
O quizá la pregunta correcta era otra.
¿Por qué nadie había querido descubrirlo?
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Gonzalo había construido una enorme fortuna mediante empresas de transporte, almacenes y contratos de distribución.
Durante años había sido uno de los empresarios más conocidos de su círculo.
Pero dos meses antes había sufrido un extraño deterioro físico.
Primero perdió fuerza en las piernas.
Después dejó de hablar.
Finalmente dejó de mover prácticamente todo el cuerpo.
Los médicos lo diagnosticaron con una enfermedad neurológica de evolución rápida.
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La familia aceptó el diagnóstico.
Todos menos Gonzalo.
Porque él sabía que algo no encajaba.
Mariana acercó el oído a sus labios.
El movimiento fue casi imperceptible.
—Mauricio…
Ella contuvo la respiración.
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—¿Qué pasa con Mauricio?
Los labios de Gonzalo se movieron otra vez.
—No espera mi herencia.
Hizo una pausa.
—La está acelerando.
Mariana sintió un escalofrío.
Antes de que pudiera preguntar más, escuchó pasos en el pasillo.
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Gonzalo cerró inmediatamente los ojos.
Su mano volvió a quedar inmóvil.
La puerta se abrió.
Mauricio apareció.
Tenía alrededor de treinta y cinco años, vestía un traje gris perfectamente cortado y llevaba un reloj que probablemente costaba más que varias casas.
Pero lo que más llamó la atención de Mariana fue su expresión.